Revista Pérgola, noviembre de 2017.

Por Alex Oviedo

Durante diez años estuvo al frente de Bassarai, una de las más importantes editoriales en castellano del País Vasco, bajo cuyo sello publicaron autores como Pedro Ugarte, Luisa Etxenike, Miguel González San Martín, Pilar Salamanca… Pero Kepa Murua (Zarautz, 1962) era ante todo poeta. “Empecé a escribir muy pronto, al principio en la servilleta de los bares, poemas que servían para acercarte a las chicas”, confiesa trayendo a la memoria su libro titulado, precisamente, Poemas de la servilleta. Acabó cursando Filosofía y Letras, y se especializó en Historia del Arte. “Estudié en Oviedo, dos años muy interesantes, una auténtica liberación, porque veíamos que aquello que resultaba normal en nuestra tierra, con los años de plomo y todo eso, era de una anormalidad plena”. Escribía sin parar, aunque no le daba el valor de un trabajo. “Hasta que un día mandas tus poemas a las editoriales, ganas algún premio o ves que nadie te  hace caso y comienzan las dudas, el vacío de unos amigos que no sólo no te entienden sino que se ríen mucho, o la familia preocupada por tus pretensiones de vivir de la escritura. Pero eres joven, orgulloso y tienes la osadía de pensar que puedes publicar”.  Murua sonríe. Dice que tuvo suerte: le rechazaron casi todo y eso le enseñó a ser paciente. Hasta que le publicaron Abstemio de honores, “que era ya un libro bien definido”.

Pese a que continuó escribiendo, una serie de rechazos le llevaron a abandonarlo todo y emigrar a Berlín. Fue allí, “con la soledad, el frío y el hambre” donde retornó a la poesía. En 1999 publicaba Siempre conté diez y nunca apareciste, un libro de cierto éxito que le brindó seguridad como poeta. “Muchos editores comenzaron a verme como tal. Entendí, además, que uno debía plantearse una serie de preguntas que aún me hago: dónde escribo, qué es lo que quiero escribir y cómo puedo mostrar al público lo que quiero contar. El mundo no está hecho para una soledad creativa ni una literatura minoritaria. Por eso hay que ser perseverante, tener mucha confianza en uno mismo. Pero me costó mucho reconocer que era poeta”.

DSC_6768

Fotografía Miguel San Cristóbal

El poeta editor

Era una generación que hablaba mucho de literatura, de edición, de la falta de revistas literarias o editoriales en Euskadi. “Cualquier autor vasco tenía que mandar sus manuscritos a Madrid o Barcelona, no había contactos, ni relaciones, ni una infraestructua, algo que sí existía en el mundo euskaldun de un modo más militante”. En una de esas “conversaciones de bar” decide crear en 1996 Bassarai, al principio sólo con narrativa, aunque pronto inició una colección de poesía que fue la que le dio prestigio. “Llamaba la atención que una pequeña editorial, desde Vitoria, es decir, la periferia, y en castellano, fuera dirigida por un poeta. Se decía mucho lo de poeta metido a editor. En aquel momento estábamos Sergio Gaspar en DVD, Rosa Lentini en Igitur… Sin olvidar que Altolaguirre en México, o Carlos Barral ya habían sido poetas y editores. Tuve suerte y aprendí mucho”.

El éxito de Siempre conté diez y nunca apareciste hizo que Calambur confiara en Murua y le publicara sus siguientes poemarios: Cavando la tierra con tus sueños, Cardiolemas, Las manos en alto... Alternaba el trabajo como escritor y editor. “El problema venía cuando asistía a algún congreso literario; si iba como poeta me identificaban como editor. Y si aparece un editor todos quieren bailar con él. Además, no podía asistir a muchos congresos porque coincidían con ferias del libro, que a la editorial le daban vida. Me permitían el contacto con autores y vendíamos mucho.”

Llegó un momento en que seguir con la editorial significaba sepultar la figura del escritor, “cuando para mí era la que estaba ganando la partida”. En 2012 cerró Bassarai, y desde entonces, Murua ha publicado dos volúmenes de memorias —Los pasos inciertos (1996-2004) y Los sentimientos encontrados (2005-2007)—, tres novelas —Un poco de paz, Tangomán y la que acaba de ver la luz, De temblores, todas ellas con El Desvelo—, varios libros de poemas y ensayo. “Me gusta alternar campos o géneros, soy muy disciplinado, suelo ponerme a escribir desde las seis hasta las ocho de la mañana, aunque en casa no siempre es fácil mantener el silencio. También escribo mientras camino, porque observo mucho, llevo un cuaderno para los viajes, y aunque puede parecer osado, creo que los proyectos vienen a mí”.

Dice que aunque se considera un “un escritor invisible, su trabajo se proyecta mejor fuera de las fronteras del País Vasco. “No suelo representar ni a un país ni a una cultura. Y recibo muchas cartas en las que aún me invitan a seguir como editor. Lo sigo siendo a través de la revista Luke. Lo que me sorprende es que se refieran a mí como el editor de la prestigiosa Bassarai. Me emociona, pero me pregunto: cuando existía la editorial, dónde estaba esa gente”.

Siente que ahora su poesía es más tranquila y su narrativa más minimalista; que sus poemas se abren a la contemplación, a la amistad, al amor, al silencio. “Creo que con No es nada surge un Kepa Murua contemplativo y relajado; y El gato negro del amor llamó mucho la atención porque es un libro de desgarro a raíz de mi divorcio, pero tratado con ternura. La poesía de mis primeros libros era triste, desoladora, había una convulsión entre el deseo y el amor. E inevitablemente aparecían los últimos años del franquismo, el terrorismo, la falta de esperanza en una juventud perdida, la influencia del caballo en una generación que lo arrasó todo. En narrativa trabajo más la comunicación entre las personas, sobre todo en el mundo de la pareja”.

Cree que de todos sus libros hay uno que no fue entendido por casi nadie, Poesía sola, pura premonición, un volumen de seiscientas páginas, “el trabajo de veinte años, que sin ser una antología le doy a la poesía breve, surrealista, conceptual, más narrativa… Siempre he considerado que era un gran trabajo literario”.

Anuncios