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Revista Luke, nº 177, marzo-abril 2017, por Claudia Capel.

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De mis maestros, me interesan sobre todo los papelitos, las notas al margen, las tachaduras, los cajones, los baúles, el esqueleto poético.
Los trozos de papel son los huesos del poeta, la forma de los mensajes de la musa, del aire, de los sueños, del masallá que serán poema, que serán libro, que serán cajón o nada.

Borges, Pessoa, Cortázar, convirtieron sus hojas sueltas en libros en los que leemos los huesos de la poesía. Borges guardaba poemas en cajones, como aquellos que hurgó un domingo en Buenos Aires para armar El hacedor. Pessoa usaba un baúl donde tiraba servilletas, hojas de cuaderno y papelitos que se convirtieron en el Libro del desasosiego, Cortázar llenaba sus bolsillos con papeles y servilletas poéticas.

Kepa Murua da voz a esos pequeños trozos de papel en su libro Poemas de la servilleta, un cuaderno íntimo del oficio del escritor que se despega del tiempo para escribir el ahora. La servilleta representa un motivo, el instante único, el latido de las palabras que el escritor baja al papel: “La mano es una prolongación del corazón”.

La lectura de Poemas de la servilleta nos muestra el taller íntimo del poeta y sus eternas herramientas, las manos y las letras. “Yo, que empecé con unos poemas de la servilleta, soy consciente de la riqueza de este oficio, que es artesanal, mágico y sagrado, urbano y rural al mismo tiempo, metafísico y práctico, generoso y humilde, barato y caro a la vez”.

Las servilletas y papelitos que rodean a los escritores se convierten en el esqueleto poético, huesos para armar un nombre alrededor del corazón y entregarlo a los lectores: “Sin un lector al lado, sin un lector que lea el poema escrito por un autor, el mejor poema no tiene vida. Sin un lector que sostenga un libro, lo abra y lo lea, el mejor libro, el libro más enigmático, el más hondo, no existiría.”

Durante la lectura de este libro, me he reconocido, he encontrado refugio, me he sentido cómplice de la servilleta. He olido la flor que crece entre quien escribe y quien lee.

El inicio de la primavera coincide con el Día de la Poesía, que nace en el aire y vuelve al aire y pasaría desapercibida si no fuera por esos hombres y mujeres que se detienen un instante a anotar el árbol, la luna, la melancolía, los colores del agua y la felicidad en emocionados papelitos.

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