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En el aire hay dibujada una grúa.
La grúa del pensamiento
que sujeta las palabras ante el vacío
para que no puedan ser robadas
por el eco más frío.
También el perfil nítido
de una montaña a lo lejos
que te exige ver la distancia
entre esos lugares
que habitan tu respiración
y lo que contienes.
Queda la música en suspenso,
esa palabra que no viene,
ese atardecer rojo
en los pulmones cerrados,
el azul de la espera
porque vuelven a estar abiertos
una vez que los dos continentes
se aproximan y nada
está quieto.
De rumor, de compañía,
de olor, de perfume
a cuerpo y a mano
que te toca y te atrae
hasta elevarte
de la tierra al cielo.

 

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© km, Lo que veo yo cada noche, 2017.

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