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El aire que respiras
cuando sales a la calle.
El que aspiras cuando duermes.
El mismo que inspiras
si estás despierta.
El que espiras cuando caminas
más allá de las esquinas
sin darte cuenta
de la importancia de seguir viviendo.
Las partículas del corazón
en los músculos de la vida.
La tranquilidad del tiempo
en la monotonía que te envuelve.
Lo que queda y te sugiere.
Lo que te toca y te supera.
Lo que se ve y no se ve
pero se comprende.
El aire contigo
mientras una invisible mano
te envuelve a una breve distancia
de lo que brilla por la mañana
y se mantiene a la deriva
y languidece más tarde.
Cuando duermes
sin pensar en la muerte
y acompañado de una oscuridad plena
que abre las ventanas al día
para airear la habitación
y limpiar de sabores
la conciencia a olor de la noche.
Eso que te habita
sin nada a cambio
y que te envuelve por dentro
con el transcurso de los días
como una lámpara de agua
inexistente o un cántaro de luz
envolvente que en el camino
dejó una mano inocente
para que resucitara la vida
sin el poder del pensamiento
a cada instante
o la evocación al paso
del tiempo presente.

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© Km, Lo que veo yo cada noche, Luces de Gálibo 2017.

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