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Revista Luke nº 174, octubre-noviembre de 2016, por Sergio Sánchez-Pando.

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“Uno escribe un diario porque se inscribe en una vida que se apoya en el pensamiento de la escritura”, concluye el poeta Kepa Murua acerca del móvil que le ha llevado a escribir el suyo y cuya segunda entrega, Los sentimientos encontrados: Diario de un poeta y editor (2005-2007) ha publicado la editorial Cálamo este mismo año –la primera parte fue publicada por Milrazones en 2012-. El elemento que distingue y enriquece a este diario es que el pensamiento de la escritura se aborda, como el título indica, desde una doble perspectiva: la de escritor y la de editor, facetas que pudieran ser excluyentes, o eso sospecha su autor. Y es que a su faceta como poeta, con alguna incursión reciente en la narrativa, añade Murua la de responsable en aquellos años de Bassarai, editorial independiente ya desaparecida con sede en su ciudad de adopción: Vitoria-Gasteiz.

Si empezamos por la vida, en dicho diario nos encontramos con las circunstancias y los condicionantes de vivir en una ciudad vasca de tamaño medio situada en la periferia de un país refractario a la cultura como es España: “Los vascos, rácanos con su bolsillo y su conciencia. Los españoles, rácanos en su mentalidad y su cultura. Unos y otros, ignorantes con lo propio y lo ajeno”. Un contexto apenas aliviado por esporádicas y fugaces escapadas, sea por placer o por motivos profesionales, a ciudades españolas o extranjeras: Toronto y Londres resultan las más celebradas. Claro que la vida del autor gira principalmente en torno a la lectura y la escritura, ambas materia de abundante reflexión, junto a los estímulos que le proporcionan el cine, la pintura o la música, a menudo asociada al impulso de lanzarse a bailar. A ello se añade la amistad, por fortuna o por desgracia casi siempre entrelazada con su actividad o con el trabajo ya que en la mayoría de los casos se trata de artistas con los que colabora, contrasta ideas o proyectos y, claro, rivaliza aunque sea de forma callada, como sin querer.

No obstante, aunque abordada con neutralidad en la forma, con distancia, es la faceta sentimental la que destaca en la medida en que asistimos a la descomposición de una relación de larga trayectoria –“un amor que se le ha ido de las manos por la fuerza del deseo”- que ha dejado a un hijo como testigo y ante la que el autor se posiciona como actor impotente –“en el ámbito personal, intuyo que mis silencios hacen daño”- cuyo verdadero alcance se revela al comprender que esa complicidad perdida, además de afectiva, constituía el pilar de la editorial. Las distintas facetas de la vida de Murua se revelan entrelazadas de un modo en apariencia indisoluble: la relación sentimental y profesional, el arte y la amistad, el placer y el trabajo…
La faceta de editor desprende cierta melancolía en la medida en que sabemos de antemano el destino de su proyecto, pero despierta gran interés conocer de su propia voz los entresijos de un negocio tan peculiar abordado con gran exigencia, conjugando la variable contable y artística entre la tiranía de la logística: el almacenaje, la distribución, la impresión, la asistencia a ferias, las presentaciones, el trabajo gráfico, las traducciones, el siempre delicado trato con los autores no pocas veces en virtud de sus inasumibles expectativas y sus egos, la promoción, el trato con los medios de comunicación, con los temidos funcionarios culturales. Asistimos al creciente desgaste producto de un oficio precario que exige a Murua versatilidad, entrega y fe inquebrantable –“creo que estoy arriesgando mucho, siento que voy a tumba abierta”- en una causa tan loable como improbable –la tentación es calificarla como quijotesca-.

Queda, por fin, la labor del poeta condensada en abundantes reflexiones sobre el acto creativo, sobre la propia obra, sobre su trayectoria y su evolución, sobre su recepción por parte de los editores, los colegas y los medios de comunicación, la asistencia a congresos y eventos varios con la ilusión de darla a conocerla. Una actividad paradójica, contradictoria: solitaria pese a estar en constante contacto con la gente, a menudo incomprendida pero capaz también de proporcionar fulgurantes destellos de empatía, con las satisfacciones que reporta el ir por libre y su alto precio. Es el lenguaje poético, fusionado con el testimonial y el ensayístico, el que da el tono narrativo al diario.

“Noto que este diario se decanta por la vida cuando yo pretendía una reflexión metafísica sobre la creación y la literatura”, escribe Murua. Y en efecto, si algo queda claro tras su lectura es que en su vida no hay compartimentos estancos, que las satisfacciones son siempre más personales que públicas o materiales lo que a la postre alimenta la incertidumbre y que, pese a su empeño por controlar la situación ha de aceptar que su destino está sometido al azar. Es el peaje a pagar por la ambivalencia que determina su existencia: vivir en la escritura mientras se vive la vida.

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