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Revista Luke nº 172, verano 2016, por Pedro Tellería.

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Cuando Kepa Murua me anunció que Bassarai cerraba, por una parte me entristecí y por otra parte me alegré. Me dio pena, mucha pena, que el proyecto editorial más estimulante en cientos de kilómetros a la redonda desapareciera; pero me alivió que mi buen amigo por fin descansara.

Los sentimientos encontrados recoge las entradas de su diario de 2005 a 2007. Fueron años de referencias tan importantes en su catálogo como El señor de los jardines negros, de Adamek; 84 poemas, de Nordbrandt; o Cráter, de Pilar Salamanca. Y de obras de Murua tan significativas y poco conocidas como Cantos del dios oscuro. Fueron años de muchos viajes, presentaciones, ferias, ciudades, lecturas, entrevistas, reportajes, conversaciones, decisiones profesionales y personales, pero también de embalajes, acarreos, liquidaciones de IVA, pagos a proveedores y liquidaciones de existencias, todo pacientemente anotado por la mano firme de Murua para construir el dietario de un hombre exigente que no desea que nada, ni lo sublime ni lo terreno, escape a su memoria. Alguien que sabe que a su modo está haciendo historia sin ayuda de casi nadie, más allá de sospechosas palmaditas en la espalda de unos pocos y de turbias ambiciones de muchos: escritores, políticos, periodistas, editores…

Y en medio, alguien que se abre paso machete en mano en el corazón de la jungla para reclamar la independencia cultural y humana en unos años que ahora se muestran definitivos: los de un país que pudo ser y no fue, los de una clase media que pudo ser y tampoco fue, los de una industria cultural (qué expresión, ¿verdad?) que aspiró a la europeidad y terminó postrada de hinojos ante el capital, la globalización o el regionalismo.

Creo recordar que hablamos de cosas así aquellos tres años. Frente a frente o paseando por Vitoria. Las concentraciones en los grupos editoriales, la eclosión de géneros chicos para públicos legos, la miopía interesada de los grandes medios, la sublimación del capitalismo ejemplificada en las empresas de distribución, la desaparición de las pequeñas librerías artesanas, la inútil subvención pública de proyectos culturalmente erráticos… Eran fenómenos que anunciaban la gestación de algo definitivo.

Para mí fue un aprendizaje profundo: un máster gratuito antes de graduarme en escritor. Calculo que atravesé por primera vez las puertas de Bassarai en el invierno de 2003. Me sorprendieron el orden, la limpieza y los cuadros. El día que me anunció su cierre, Murua conservaba casi todo igual, salvo algún cuadro. Y ambos éramos más lúcidos que ocho años atrás.

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