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20 de julio de 2007

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Esta semana que no escribo, estos días que no leo ni una línea, pienso en voz baja en el mar de mi cabeza y mis ojos oscuros. ¿Para qué se escribe un diario?, ¿para desahogarse?, ¿para conocerse?, ¿para no olvidar? No, uno escribe un diario porque se inscribe en una vida que se apoya en el pensamiento de la escritura. Ahora no me preocupan otras cuestiones paralelas que comentan otros diaristas como ¿merece la pena editarlo en vida?, ¿puede un lector entender este tipo de escritura más allá de la anécdota y la confrontación personal del autor con hechos reales y nombres mencionados? En mi caso escribo de un oficio que mira con un ojo lo que se publica y con otro lo que se escribe. Me imagino que el tono ha ido cambiando, que el oficio se olvidó algunos días, que el poeta surgió en otros donde el hombre agazapado sobrevive entre tantas interrupciones. Sostener el pulso de la escritura más allá de lo que se respira y ven los ojos en un pensamiento oculto que se aclara mientras se escribe podría ser la secreta finalidad de un diario.

© Los sentimientos encontrados, Cálamo 2016.

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