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El norte de Castilla 13 de junio de 2016, por Samuel Regueira

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© De la fotografía, Henar Sastre.

El poeta y editor conversó con Pilar Salamanca sobre cómo afrontan los recuerdos y qué llevan al papel.

La memoria y el olvido, los recuerdos y el acto catártico de abordarlos a través de la literatura fueron los temas que jalonaron el diálogo entre la escritora Pilar Salamanca y el poeta, ensayista y editor Kepa Murua ayer en el Teatro Zorrilla. Para el escritor guipuzcoano, «cuando uno es joven, escribir tiene un lado balsámico importante: las heridas se alivian aunque no desaparecen, te hacen más duro. Vivir con heridas puede estar bien; pero si uno no aprende a cerrarlas, puede que el pasado le impida vivir el presente».

Murua, responsable de la extinta editorial Bassarai, ha publicado con Cálamo el segundo volumen de sus memorias, Los sentimientos encontrados; una nueva colección de sus recuerdos «en caliente», plasmados de 2005 a 2007, después de que la entrega anterior, Los pasos inciertos, hiciera lo propio entre 1996 y 2004. La periodista y escritora Charo Ruano ejerció como conductora de un acto donde se ha abordado tanto la última novela de Salamanca, El olvido y otras cosas imposibles, editado por Menoscuarto, como este trabajo en particular.

«El libro recoge los problemas de un hombre enfrentado a levantar un negocio editorial en el País Vasco, los sinsabores con los autores… todo en un contexto político y de crisis económica muy concretos», describió su autor, quien también quiso destacar cómo lo plasmado correspondía a sus sensaciones inmediatas: «La mayoría de los libros de este estilo se escriben a toro pasado, yo recojo lo que siento en el mismo momento, no cambio ni una coma a la hora de publicarlo». A esa dinámica responde más la crónica de Pilar Salamanca en torno a distintos episodios de su infancia, «un grafiti luminoso de recuerdos para darles carpetazo y que no sigan interfiriendo en el futuro».

Los autores mostraron posturas antitéticas con respecto a la memoria y al pasado. Si Salamanca optaba por «olvidar todo y nacer con 20 años», Murua prefería recordar absolutamente todo, «decir lo que se siente pese al daño que pueda hacer». En su ejercicio de retratarse dentro de un contexto literario, donde admitió que bien se podían omitir «ciertos episodios», el escritor prefiere recrear esa extrañeza del presente que le hace olvidar que había escrito algo, o recordar cómo eran unas sensaciones que ya no recordaba: «Todo va dirigido a responder a la gran pregunta de qué puedo hacer para ser feliz», reveló.

Sobre exhibirse como personaje, declaró que la literatura puede disfrazar personas, «pero en las memorias aparece el yo por defecto, despellejado». Las memorias recogen ese trasunto con sus luces y sus sombras, así como una versión personal de la trastienda del mundo editorial: «Los autores hablan del oficio de escribir y lo dotan de un halo de misticismo, yo le quito todas las vendas hasta que se ve el músculo y, en ocasiones, el propio hueso».

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