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26 de febrero de 2006

Hoy no me pregunto el porqué, sino para quién escribo. Lo hago para los solitarios que saben de la alegría de las cuestiones intrascendentes, para los raros que se encuentran perdidos en un punto de no retorno ante las estrecheces de la vida, para los extraños amigos de la subsistencia en el arte y la escritura, para los que les espera la muerte a la vuelta de la esquina, para los que piensan que las palabras son un fiel reflejo del pensamiento, para los que rezan, para los que observan, para los que dudan, para los que no entienden que la vida les trate así, para los que sienten un vacío tan grande en mitad del pecho, para los que cierran los ojos al intentar adivinar el futuro, para los que olvidan el presente, para los que no supieron nada del pasado, para aquellos que se sienten extraños ante los otros, para los que desconocen la felicidad diaria, para los inteligentes que desprecian las ideas manidas, la letra superficial o el discurso anodino, para los sensibles que sepan captar la belleza de las cuestiones terrenales también en el ámbito de la mente, para los hombres perdidos en su hombría, para las mujeres confusas en su sentimentalidad, para los niños que crecerán más tarde, para mí y para que los que son mis amigos me lean, después de pensar que no sirve para nada.

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© Los sentimientos encontrados, Cálamo, 2016.
© De la fotografía: María Isabel delgado, 2016.

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