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En el país donde yo conocí el amor
tú desapareciste a los ojos de todos.
Borja Lázaro: tú, fotógrafo y yo, poeta.
Dicen que la fotografía es la poesía hecha imagen,
un retrato del tiempo
cuando el poema reza por los desaparecidos
que aún tienen un nombre. Una oración
por todos aquellos que aún recuerdan
su madre y sus hermanos,
que aún recuerdan sus amigos.
En Colombia hay tantos como gotas de agua
en el mar, en los ríos, en los bosques.
Hermosos como sus nombres
en los labios de sus seres queridos.
Tantos como flores distintas en los caminos.
Tantos como piedras en la orilla de las olas
donde los vivos nombran a su amada o a su amigo.
Yo, como Dante, lo hago a menudo
porque la historia, aunque diferente,
se repite con lo que nombramos.
¿Lo recuerdas? Nos dijeron
que lo que no se nombra no existe.
Pero yo te digo que no es así,
al menos, como se creía en un principio.
Porque lo que no existe –como el rezo
que tarde o temprano vuelve a la boca
cuando se pronuncia la primera sílaba–
pervive en el eco de una memoria
que podría ser la lágrima de tu madre,
el temblor en la voz de tu hermano
o el beso que aún recuerda la amada
y que solo puede nombrar
el amor por los ausentes.
No sé si lo sabes, mas el rastro del desaparecido
muestra su recuerdo gracias al viento:
ese nombre que no será olvido
o esa primera frase que será tu historia.
Borja Lázaro aún en el país
que confunde la vida con la muerte,
cada vez que ellos te recuerden
y el eco pronuncie lo que podría parecer un sueño:
esa última fotografía que hiciste
se encontrará un día para llamarte.

 

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