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La felicidad de ver el mar
con otros ojos.
La felicidad de esperarte
aunque no vengas.

No, no es la pérdida
sino el encuentro
que nos hace reflexionar
sobre las oportunidades perdidas.

La felicidad de escuchar
los vasos sobre la mesa.
El orden de los platos y los cubiertos,
el murmullo de las voces conocidas,
el gesto de los amigos.

La risa, la risa
más allá de la sonrisa
o la bendición de las cosas más simples.

Los ojos de los presentes.
El ruego de una voz que se alza,
el rezo de alguien
en silencio.

Las anécdotas repetidas
que parecían olvidadas
como pasos que bajan
por la escalera de una casa vieja.

La felicidad de verlos con otros ojos.
De escuchar con otros oídos
de moverse con otros pies.

De comer con otras manos
y brindar con un paladar distinto.

No,
no es el encuentro
sino el motivo.
La razón que nos hace reflexionar
sobre la pérdida
sobre el hallazgo
al ver que respiramos de nuevo
y vemos las cosas con nuevos ojos
como cuando éramos de una manera
y lo olvidamos.

Cuando éramos de una forma
y no lo sabíamos.

Cuando éramos nosotros sin serlo.

Cuando parecíamos otros
porque esperábamos algo
que nunca estuvo en el camino.

La felicidad de vernos
al fin con otros ojos.

IMG_1988

(Extracto del poema La felicidad de ver el mar, que comienza en la página 114 del libro, La felicidad de estar perdido).

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