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El cuerpo es como un libro. Hay que abrirlo para leerlo y hay que cerrarlo para saber cómo se acaba lo que se había sentido. Lo que hay detrás de las palabras queda en la memoria y lo que se oculta, en la reflexión de cada persona. Una y otra vez pienso en esto mientras escribo, por ejemplo un libro tan aparentemente despreocupado como Tangomán. Conocerse es adentrarse en el mundo: lo que empezó como un balbuceo o una necesidad y se define como un retrato ineludible ha de constatar su posible declive o deterioro si hablamos del hombre moderno, aunque en las últimas páginas se decante por un final más esperanzador que escéptico, como una última oportunidad que se le da a la escritura y a la misma vida.

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