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Luke nº 165, abril-mayo 2015, por Francisco Taboada.

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Hay varias clases de superhéroes: los universales tipo Superman, los locales como Spiderman, los de barrio como Superlópez y los de esquina, como Tangomán, cuyas hazañas no son del dominio público, suceden en la intimidad, las conocen cuatro monos y tres van a callar la boca por simple pudor. Es el antihéroe por excelencia, feo, solitario, despreciado por todos, se sabe muy poco de él, y nacerá y morirá en el anonimato salvo que escriba sus memorias.

En esta novela de Kepa Murua, Tangomán nos cuenta en primera persona sus recuerdos, comenzando por el momento en que descubre sus habilidades ocultas, los superpoderes. Se llama Pedro Muros, es un oficinista de mediana edad, amargado por su fealdad, depresivo, hasta que un día se apunta a un curso de bailes de salón y lo hace tan bien que sus compañeros lo bautizan como Tangomán. Necesita tanto despojarse de su ingrata identidad que se aferra a esta última esperanza que le ofrece la vida, se entrega por completo y entonces el baile lo transforma todo. El narrador comparte con nosotros la creación de Tangomán, su criatura, transportado por la música, invadido por el ritmo, desbordado por sus nuevas posibilidades. Pero la cosa se complica porque Tangomán no es Peter Parker utilizando su sentido arácnido para ayudar al prójimo, sino que es un tipo oscuro, rencoroso, misógino, y se aprovecha del baile para seducir a las mujeres y vengarse por el poco caso que le han hecho. Ahora es un trípode humano, y aunque no crea en el amor encuentra consuelo en el sexo desenfrenado y promiscuo y constante, todo el rato, sin parar, hasta la extenuación. En cierto modo, a lo largo de la primera parte, titulada “Una música diferente”, todo nos conduce a querer a Tangomán. A envidiarle aunque sea tan feo. A sentirnos identificados cuando se esfuerza por ser alguien significativo, por hacerse un nombre, y como lectores le agradecemos la acción incesante, las novedades y las aventuras entretenidas. Lo estamos pasando bien, es divertido. Pero el azar, el autor, no está de acuerdo, fuerza la situación y entonces entramos en las tinieblas del libro.

La segunda parte, “De una esquina a otra”, es dura, obsesiva, repetitiva, angustiosa, el discurso es el único campo de batalla. Es normal, algo que les sucede con frecuencia a los superhéroes, en esos capítulos en que se vuelven malos, o raritos, y reniegan de sí mismos y se pasan al lado oscuro. Ahora Tangomán ya no quiere ser más Tangomán y se hace boxeador. Si ya empezaba a estar un poco esquizofrénico, lo empeora creando un personaje dentro de su personaje: Chiquito de Mariturri, un boxeador bajito al que da pena soltarle un guantazo y que se pelea con su sombra. La sombra de Tangomán. Es el doloroso peregrinar por el desierto de nuestro superhéroe, un lacerante combate donde no acaba de sonar la campana. Por pura desesperación, surge entonces en su mente golpeada la temeridad de aspirar a algo tan glorioso, ideal e inalcanzable como es el amor, el amor verdadero. Ésa es la única redención posible, la curación poética, el sentido último y elevado que justifica la existencia de Tangomán. Sólo le falta olvidar.

Pero tarde o temprano todos los caminos conducen a la infancia, y la tercera parte, titulada democráticamente “Será lo que quieras que sea”, nos restituye a la ilusión, al argumento, a la narrativa que ajusta cuentas con el tiempo pasado para pronosticar un futuro esperanzador, desmemoriado quizás. La historia la ha contado él, luego Tangomán vive para contarlo, y con gran estilo da por concluido su lamentable tango arrabalero, y el cuento ceniciento del hombre feo al que no quería ni dios, y al fin el torrente de palabras que le ha servido como escudo para justificar sus actos llega a una acertada conclusión. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Porque Tangomán, de Kepa Murua, es un cuento. Un cuento sofisticado que encierra un profundo homenaje hacia la narrativa que ha configurado nuestra manera de contar y entender las historias. Un artefacto muy bien montado que utiliza con soltura esquemas de pensamiento clásico, reconocibles, pero sometiéndolos a un cuestionamiento tan incesante que los desmenuza, los pervierte y finalmente los agota. Por ejemplo el tango, ese pensamiento triste que se baila, se convierte aquí en un mecanismo iniciático que inaugura el tiempo del héroe y lo impulsa hacia adelante, hacia la transformación. Se puede escuchar perfectamente, en el modo de respirar del texto, ese fuelle del bandoneón que da oxigeno a la historia en todo momento. En este tango no vence la melancolía sino que es una fuerza generadora que atrae al amor en vez de llorar por él. Del mismo modo, su Ceniciento, rebelde y descreído, renuncia al éxito entendido como venganza y envía al mundo de los recuerdos desechados a esa especie de madrastra y hermanastras que le han tocado en desgracia. El olvido y salirse por la tangente como recurso. Y otro tanto su criatura Frankenstein, atormentado y solitario, pero que prefiere ser deforme a no tener forma.

Tangomán tiene ese carácter depredador de las novelas actuales, que devoran todo lo que se pone en su camino dejando un cadáver casi pelado para el buitre-lector. Si quiere sacarle algo más a la historia debe roer el hueso y leer a varios niveles. En este caso, basta con seguir las indicaciones del autor. El referente más inmediato de Tangomán, declarado con reiteración a lo largo de la novela, es El hombre sin atributos, de Robert Musil, y eso dota al texto de una dolorosa tensión moral que enjuicia a la sociedad como generadora de un excedente de seres fracasados y sin rumbo cuya única alternativa es hacer de sí mismos una ficción. Se nota el poder del discurso contemporáneo para paralizar a los individuos, ofreciéndoles como meta la imagen del espejo en vez del sujeto que la proyecta. Por eso, en sus momentos más penosos, es cuando Tangomán se parece más a todos nosotros, instaurados en la queja y el lamento, paralizados, considerando que un pensamiento es un hecho, un sueño un acontecimiento, como panchovillas haciendo la revolución delante de la tele, y además con la disculpa de ser más feos que el demonio para odiar a todo cristo. Tan débiles de carácter como hace cien años, a las puertas del nazismo, cuando Musil escribió El hombre sin atributos.

Alguien dijo que los poetas nos indicarían el camino, y Kepa Murua sabe sacar a nuestro héroe del atolladero de pensamiento estéril y universalizar el mensaje para indicar una dirección. Su Hombre sin atributos no queda inconcluso sino que concluye en nosotros. Y se puede escarbar mucho más en esta novela, una tragicomedia casi cotidiana que nos plantea si debe existir una distancia entre la cara y la máscara, entre el ojo y la mirada, entre ser y estar, entre desear y querer, entre amar y eso que es lo contrario… Pero es mejor leerla, lo demás son teorías.

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