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Esa vida
que parece un espejo
donde se refleja nuestro rostro
y nuestro cuerpo desvela
la sombra de un pájaro que vuela
tras la ventana
cuando escribíamos estas palabras
sin mirar al frente
como se abren a la intemperie
las arrugas propias de la tierra.

No.
No todos son iguales
en el instante.

No son iguales en la felicidad compartida.
En el desvelo.
En el dolor.
En la alegría.

Son únicos, aunque estén cerca.
Son mágicos, aunque estén perdidos.

Son como gotas de lluvia
que caen de una nube
desde el firmamento.

Son lágrimas de frío
que crecen con calor
un día cualquiera
en medio del calendario.

La felicidad de abandonarse.
De abrir una ventana
a primera hora del día.

De ver el árbol.
El pájaro.
De sentir la luz
de ver el color de la hierba
que se refleja en los cristales.

La felicidad de abandonarse
como un corcho
en el agua.

A la deriva de los acontecimientos.

A la deriva
sin tomar
una decisión apresurada.

Sin pensar en el futuro
ni en el pasado.
Tan solo en el momento presente.

(Extracto del poema La felicidad de volver, que comienza en la página 43 del libro, La felicidad de estar perdido).

benteveo1

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