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La lengua expresa emociones y sentimientos, es conocimiento, es música y es silencio. Una lengua se aprende en la infancia, se cuela en la juventud como si nada y con tiempo madura en un código personal que busca la comunicación con los otros. Esa lengua es la que nos permite conocer la historia y la literatura, la que se impregna de cultura, de canto y poesía. Todo el mundo tiene una lengua con sus rencillas y pasiones, su riqueza literaria y su miseria política. Pero la lengua tiene vida propia. Como la familia, tiene también su razón de ser y su carga de sentimiento, tiene su herencia y su testimonio. La lengua es parte de un patrimonio común que congrega a tantos individuos y desheredados como lenguas existen en el planeta. Todo el mundo nace en algún lugar que otros eligieron por él. Todo el mundo cree amar una lengua por encima de otras, conocerla como si fuera solo suya. Todo el mundo tiene una historia si habla de su lengua: el primer amor, la primera pesadilla, el primer golpe y jurar en voz alta como si no pasara nada. Pero la lengua cambia si los tiempos son otros. La tierra se mueve con el hombre, la lengua y los países cambian como cambian sus individuos. Hay ciudades que crecen, pueblos que desaparecen, sueños que se olvidan, pero la conciencia que manifiestan las palabras cuando uno puede abrir la boca es y será lo que siga imperando en todos los países, aunque a nadie le importe la poesía.

 

© De la fotogeafía: ardiluzu, 2015

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