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Estoy pensando sobre la cama, antes de dormir, con un libro entre mis manos que he cerrado porque estoy cansado. Y aunque soy el mismo hombre de esta misma mañana, me encuentro totalmente confundido, y quizá por la falta de energía, por el cansancio acumulado durante el día, observo mi vida con cierto abatimiento. No soy un hombre triste, tampoco es que sea muy alegre, aunque sí soy divertido. Pero soy un hombre libre para pensar lo que quiero, lo que necesito, considero prioritario y lo que observo que es necesario justificar ante lo que dejo de pensar en el mismo momento en que me enzarzo en un diálogo inevitable que va de un lado a otro de mi propia existencia. Este tipo de contradicciones me salvan a menudo de la quema. Cuando caigo en la derrota, me siento vigoroso; cuando me ataca la vena del amor, me deslizo por la tangente del deseo; cuando me llaman, no estoy, y cuando creen que he desaparecido, soy yo el que llamo. Y sin embargo, no lo hago por una cuestión de honor o de tiempo calculado, no lo hago por llamar la atención, sino todo lo contrario, porque me guío de unos impulsos interiores que desconocen los demás y que yo asumo como propios. ¿Estoy loco por comportarme así?, ¿estoy desencaminado por situarme en una orilla donde no llega ningún barco y los audaces aventureros que se atreven a desembarcar son seres solitarios que viven en caminos dispersos y cruces diferentes de una ciudad llamada vida? Sea lo que sea, aislado de una razón universal donde prevalece la subsistencia por la subsistencia y con el dinero al frente como valor único, este tipo de revelaciones caóticas son las que nos salvan de la locura, las que nos salvan del suicidio, las que nos salvan del amor convulso y egoísta, las que nos acercan a Dios mientras pensamos que no creemos, las que nos hacen rechazar cualquier gobierno mientras creemos que somos ciudadanos serios y hombres responsables cuando los demás no comprenden una lógica inexistente que para nosotros es ley de vida. Es la vida contradictoria que nos anima a seguir adelante. A escribir, pese a no obtener grandes resultados. A perseverar con la poesía, aunque quedemos al margen, sin apenas espectadores ni lectores que lean lo que pensamos. A perseguir un eco contradictorio que nos mantiene en vilo y nos hace mejores –mucho mejores– que la mayoría, y nos hace distintos a casi todos, sin que tengamos las manos manchadas de sangre mientras insistimos en una dignidad contradictoria que une la honestidad con la inteligencia, el saber con el desengaño y el poder y la fuerza con la rebeldía y la desgana. Así somos unos cuantos poetas en este mundo, así unos pocos artistas dispersos, así algunos anónimos ciudadanos cuando el resto siente su contradicción a flor de piel, como una falta o un pecado, como un error o un defecto, e intenta controlarla con mensajes dominantes y certeros, como si fueran dictados por un vigoroso policía kármico que dice lo que está bien y está mal con el fin de enderezar el rumbo. Pero, si la contradicción es lo que mantiene la cordura en su sitio, las contradicciones son las que mantienen las diferentes locuras, agazapadas, dentro de nosotros. Solo así el karma poético –el de la vida–, el karma religioso –el de Dios– o el karma materialista –el de la subsistencia– tienen sentido en el cosmos de una contradicción universal que me identifica para reconocerme con esa idea de mí y del mundo que a primera hora de la mañana era tan fresca y ahora, de noche, parece tan pesada.

 

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