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Ojos que se concentran sigilosamente en el detalle y en el mundo de los objetos que nos rodean y que, a menudo, pocos son capaces de describir siquiera. Ojos que adquieren protagonismo porque conviven con los sentimientos que se describen. Ojos que recuerdan el paisaje de la naturaleza junto con el paisaje del cuerpo. Había ojos que se abrían para mirar a las cosas y que se cerraban para recordar cómo habían sido. Que se cerraban para pensar y soñar sobre lo vivido. Una mirada que comienza en un pasaje estrecho entre dos ojos que intentan congelar el tiempo, a su manera, con el fin de definir la escritura. Pero la mirada registra hacia fuera en un primer plano y luego hacia dentro. Es una mirada amplia, habla de la vida y de la poesía. Habla del cuerpo y de los sentimientos. Habla de la escritura como un cuerpo a descubrir, como un jeroglífico a descifrar que, por azar, fatalidad o necesidad, aguarda una mirada que comprende a su vez todo. Se es poeta porque se sabe mirar donde otros no ven nada. En esa mirada que la poesía tiene para descubrirse en las líneas de la vida que guardan, a su manera, tantos ojos. Ojos que no sabemos en un principio a quién pertenecen, pero que, como en una fotografía que nos retrata sin saberlo, terminan finalmente siendo familiares después del tiempo que va desde un primer vistazo a una mirada definitiva. Solo entonces el silencio se descubre rodeado de palabras. Se es poeta porque se sabe escuchar donde otros no oyen nada.

© Km, del libro “Contradicciones”.
© Fotografía: ardiluzu, 2014.

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