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Hace muchos años viví en otro país acompañado de algunos emigrantes que como yo buscaban en otro lugar lo que por derecho les correspondía en el suyo, pero que este no era capaz de ofrecérselo con garantías. Una gran lección de vida que me hizo madurar rápido. Por un lado, los derechos que nos asistían, la teoría y por otro, la práctica, la realidad más cruda. No había trabajo para todos, solo los listos de la clase lo obtenían –no se sabe cómo–, y yo me lancé a la aventura. Pero en el mundo de la inmigración también hay clases. Yo por suerte o por desgracia tenía cierto nivel cultural que me presentaba de otra manera a los ojos de los nativos del país. Los desprecios llegaban un poco más tarde que a los otros, pero llegaban. Magnífica experiencia que nunca olvidaré si pretendo ser un hombre atento a lo que pasa. Y sin embargo, debo recordar otras cosas: el atardecer por ejemplo ante el mar, sin decir nada, mientras dejas que el silencio cubra el posible diálogo porque la naturaleza descubre sonoridades y matices que el ser humano olvida escuchar cuando corre por el mundo y se atraganta de ruido. Aquí una hoja de un árbol, ahí el viento, el paso al caminar por la arena, el ritmo del corazón dentro del cuerpo, la profundidad de la tierra y el vértigo de todo lo que es bello y puede pasar en medio de la música de los pájaros. Me gustan los pájaros, son parte de la metáfora del vuelo inalcanzable que nos lleva a la divinidad del paisaje y a la armonía del cosmos. Es una música que he escuchado con una ingenuidad fresca y que me ha ayudado a entender otras músicas y la belleza de la naturaleza. Decir que todo estaba ahí para que lo descubriéramos es afirmar que creemos en eso que parece que no existe pero que confirma la existencia. Decir que estábamos solos, en silencio, es confesar que nos sentíamos parte de la vida.

 

© Km, del libro “Contradicciones”.
© Fotografía: ardiluzu, 2014.

 

 

 

 

 

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