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Últimamente, en mis libros, me doy cuenta que estoy hablando de la comunicación o de la incomunicación de los amantes, del amor, del deseo. Este parece un tema principal en mis escritos. Es un registro que aparece también cuando me he decantado por vivencias más sociales e, incluso, cuando me he volcado en una escritura más narrativa. En mis ensayos, creo que estoy hablando de todo eso, además, desde diferentes puntos de vista. De la incomunicación de la sociedad con el escritor, por ejemplo. De cómo el escritor intenta comunicarse con la sociedad sin que ésta responda. De cómo los escritores se aíslan en sus mundos innecesarios, sin poder dar una respuesta a la realidad que les sitúa, a su vez, como individuos y seres humanos ante la vida cotidiana y ante la historia que les toca vivir. Pero la historia que nos toca vivir tiene sus tiempos. Es así que, cuando se vive, se constata su vivencia mientras se suele escribir, por lo general, del pasado. Una vez que pasan los días, el escritor mira para atrás y entonces es capaz de colocar el presente literario en un pasado que le provocaba un cierto dolor y que le confunde del todo. Me doy cuenta de que también estoy hablando de esta incomunicación del escritor consigo mismo. Si se vive, se escribe de otra manera, me digo. Si se sufre, uno se traslada a otros mundos liberadores y se recrea en una fantasía paradisíaca. Si se sufre, se intenta volver a un pasado si cabe más feliz, para ahuyentar a los demonios del momento, concluyo. La realidad no coincide por tanto con la literatura mientras, por otro lado, el ritmo de la producción editorial y las exigencias del mercado no contribuyen a mantener la cronología real de los libros, la escritura de los artefactos literarios, que seguramente podrían confundir a los lectores en el tiempo necesario para su aceptación y posterior comprensión, pues, vuelvo a repetirlo, cuando aparecen en el mercado han pasado muchos años del tiempo real de la escritura, donde se narraba la separación de los amantes, la distancia entre el escritor y la sociedad, el abismo entre la paz y la violencia en una ciudad en la que convivíamos todos. Escribir del tiempo tiene una consecuencia extraña: te coloca en una sima sinuosa que confunde verdad con trampa, aire con caída, vuelo con fantasía. Los escritores que han retratado ese fugaz subirse a una escalera, el del momento, el peldaño del presente, cuando publican finalmente el libro están descendiendo por el otro lado, el del pasado. Sí, el del pasado, pero no el de la posterioridad, como se podría haber pensado. Otro tanto sucede con la historia. La historia que se representa en el mismo minuto de lo acontecido responde a un tipo de literatura de urgencia, la llamada panfletaria que, por lo general, no transciende más que en el tiempo de su reescritura cuando el autor siente la necesidad de situarse de nuevo en ese fatídico momento que estuvo tocado por la urgencia y, a menudo, por la reivindicación política. Pero la historia que se represente en el lado literario de un modo certero, tiene una recompensa inmediata porque trata la realidad de un modo simbólico, indirecto, metafórico e, incluso, descriptivo, sin más utilidad que construir un universo literario donde, se diga lo que se diga y se cuente lo que se cuente, se analizan los pormenores de la historia como por ejemplo, el enfrentamiento de las personas que arrastró a un bando contra otro, mientras los escritores intentaban reflejar esta misma incomunicación en un tiempo real, cuando es evidente que la transformación de la vida en historia se debería acometer en un tiempo neutral donde el ritmo de la conciencia y de la magia comprensible envolviera de verdad lo dicho, lo narrado y, por último, lo que no se atrevió a decir o a hacer en aquel momento aparentemente inoportuno en el que la incomunicación comenzaba a asomar su rostro crítico por todas partes. Una vez que se abandona la casa de la escritura, queda el olor de la vida, el perfume de esa persona ausente, su vago recuerdo, sombras de una luz que no vuelven en su tiempo justo porque no se puede rescatar del olvido esa parte del tiempo que nos tocó vivir cuando no sabíamos que vivíamos con todos nuestros sentidos en ella. No lo olvidemos, sucede en la escritura cuando la mayoría mira a otro lado y también en la poesía, la única arma cargada de presente y de pasado, pero sin posible traición a uno mismo.

© Km, del libro “Contradicciones”.
© Fotografía: ardiluzu, 2014.

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