Etiquetas

,

_MG_1424-2

 

 

 

 

 

 

Más de uno quizá no pueda imaginarse cómo convivo con las lenguas que conozco y escucho a mi alrededor, por lo que creo conveniente explicarme y contar mi relación con el euskera, que es mi lengua materna, para que nadie se engañe ni le cause mucha sorpresa lo que voy a decir.

Nací en abril de 1962, en Zarautz, y estudié en La Salle. Fui un niño muy feliz con mis hermanas, primos y amigos, sobre todo cuando estábamos en la playa y nos bañábamos en el mar. En la niñez hice teatro en euskera e íbamos por los pueblos, con el músico Manolo Urbieta, cantando y representando escenas teatrales en euskera. Sin embargo, aún siendo euskaldún, toda mi formación escolar y universitaria fue en castellano; por eso mismo escribo en esa lengua, porque asumo con naturalidad todas mis identidades.

Ahora, con cincuenta años, puedo decir que utilizo el euskera en el ámbito familiar y que no lo hago por tanto en el de la amistad o en el del trabajo. Cuando visito a mis padres, hablo con ellos en euskera, cuando estoy con mis hermanas, hablo con ellas en euskera, aunque con Yolanda, que vive en Barcelona, lo hago en castellano. Con Hilario, el más joven, como fue el único que estudió en una ikastola y pudo completar sus estudios de la universidad en euskera, hablo solo en esa lengua. Con mis sobrinos que viven en Zarautz hablo en euskera. En cambio, con mi hijo Jurgen cuando viene a mi casa, por ejemplo, hablo también en castellano; pues en su día, fue su madre la que le hablaba en euskera, mientras yo conversaba con él en castellano para que pudiera hablarlo bien en el futuro y no tuviera –por lo demás– ninguna dificultad. Mi hijo habla también inglés –o eso es lo que dice– y acaba de aparecer como actor en una película realizada íntegramente en euskera, Umezurtzak.

¿Por qué cuento todo esto? Porque la mayoría de las veces, bien por mi trabajo, bien por el modo de entender la vida, estoy solo. Mis amigos viven en diferentes ciudades y los que están en la ciudad donde vivo –en Vitoria-Gasteiz, la capital de Euskadi– he de decir que casi no nos vemos, y cuando lo hacemos, porque ellos no lo saben, apenas utilizamos el euskera. En otras palabras, vivo en una casa rodeada de libros y de música, sin televisión, y las llamadas que recibo –salvo las de la familia– son en castellano.

Los libros que leo también son en castellano: mucho ensayo, libros de filosofía y libros de poesía latinoamericana, pues en los últimos años, salvo excepciones, he dejado de leer la literatura que se escribe en España. Pero mucho antes, también dejé de leer los libros que se editaban en euskera porque no sintonizaban con mi gusto como lector ni con mis necesidades como escritor.

Recuerdo que durante años me obligué a leer algunas novelas y un par de libros de poemas en euskera, pero creo que me aburrí, pues ya no lo hago. No sé si me equivoco, pero es una opción que puede cambiar de un momento a otro si encuentro una razón de peso para modificar mis hábitos, y sin embargo, mientras esta no llegue, he de confesar que no leo en euskera. Otro tanto pasa con la prensa, pero es que con la prensa, tal como está, es posible que muchos ya no la lean ni en euskera ni en castellano.

¿La música que escucho? Mucho jazz, algo de clásica y un poco de rock. Pero salvo excepciones, la música que escucho no canta en euskera. Eso sí, cuando quiero soñar despierto escucho a Xabier Lete, el poeta y cantautor vasco que me hace regresar con su voz a la tierra donde nací y que me recuerda el poder de esa lengua que me roza de un modo extraño, sin saber muy bien porqué.

Me gustaría que se me entendiese: no la desprecio, la hablo con mi doctor cuando voy al hospital, con los niños argelinos y africanos de mi barrio, con algún vecino que sé que la habla, con algún escritor con quien me cruzo en la calle, pero, por lo general, puedo decir que no vivo en euskera porque vivo en soledad y cuando hablo, lo hago en castellano.

Mi literatura, mis libros, las discusiones sobre el oficio de escritor han sido en esta lengua. El mundo de la cultura vasca ha mantenido durante años unas ideas que no me han interesado, y la política vasca se alejó de mis intereses como creador en un tiempo extraño y difícil en que tuve que dedicar todas mis energías a sobrevivir.

No me quejo. A mí las instituciones vascas no me han llamado y la gente me ha visto como lo que soy: un escritor castellano que podría ser un traidor a su cultura. Sin embargo, yo no me veo así, pues en mi interior no hay odio hacia nadie ni un resquemor a ninguna persona o a un país, sino todo lo contrario, amo las palabras y me gusta el mundo de las ideas, y aun siendo un tímido que se ha podido convertir en un solitario al que le gusta explicarse, soy también una persona a la que le gusta hablar en cualquier lengua: en euskera, en castellano y hasta en inglés o en alemán si se tercia, aunque las hable mal y las escriba solo un poco mejor que muchos que creen que son escritores, pero no lo son.

Creo que alguna vez lo he dicho, pero por si acaso, lo repito: me gusta la música y el arte, todos los estilos, aunque escucho mucho más jazz y rock, y voy a los museos de provincias para ver pintura y escultura. Soy deportista, me gusta el mar –nadar sobre todo–, y hago artes marciales para mantenerme en forma. Llevo un estilo de vida monacal: en mi casa, en soledad, pero por el tipo de trabajo que tengo soy también muy sociable. Fui un joven muy tímido, pero ya no lo soy, o eso creo.

Valoro la amistad y la honestidad. Pero admiro la osadía y el coraje, y puedo confesar que en mi vida, tanto en el ámbito profesional como en el personal, he tenido muchos más fracasos que éxitos, pero gracias a estas experiencias –rotundas donde las haya– soy lo que soy: un hombre en el camino de la felicidad. Me gusta escuchar y hablar con la gente, y quizá, por ello, recientemente he creado la figura de El escuchador.

Ojalá llegue alguien a quien escuchar largo y tendido en euskera. De hecho, ahora que lo pienso, tampoco he amado a una mujer en esa lengua. Con ellas he hablado en castellano, ¿la razón? El amor no tiene razones, pero puede que sintiera que las mujeres vascas no eran amables, o al menos, no lo fueron conmigo en un tiempo en el que necesitaba mucha ternura, un poco de amor y resultaron ser muy duras. Y sin embargo, hace unos meses me pasó algo excepcional en Latinoamérica: una mujer me pidió que le enseñara unas palabras en euskera, y mientras lo hacía supe de inmediato que no solo podía hablarlo con el corazón, sino que era una lengua amorosa, muy amorosa, pero que durante años había estado teñida de mucha violencia e incomprensión.

Puede que esas fueran las razones que me llevaran a volcarme en el silencio y a que adoptara mi otra lengua literaria, el castellano, como lengua de subsistencia y de comunicación. ¿Soñar? Hubo un tiempo en el que lo hice en alemán, y hoy es el día en que lo hago en castellano, aunque a veces, en el sueño hable también en euskera. Porque es una lengua para vivir y para soñar, me digo, aunque ahora mismo esté –como tantas veces– en silencio mientras me pregunto cómo vivo yo el euskera, si esta vez nadie me ha preguntado por qué escribo en castellano.

© De la fotografía: ardiluzu, 2013

Anuncios