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Saliste de una luz que te mostró el camino.
De las sombras volviste
escuchando una voz que te decía:
quiero ser feliz.
Cubriste esa distancia
que describe el abandono,
la injusticia de un corazón propio
que muchas veces no tiene razón,
pero siente mil afrentas
como un líquido de plomo rojo
recorriendo por dentro las venas.
Nadie te dijo cómo era la vida.
Nadie te explicó lo que pasa en esos casos
donde el ruido no te deja escuchar la calma
y el remolino de mil peces negros
te devora la mirada
y te saca agua de los oídos.
Pero el zumbido no es para siempre.
La confusión no es eterna
y podías intuir que el mar no estaba lejos
y recordar que a veces salías del baño
sin tener tapadas las ventanas
como te abandonabas en el amor
con las cortinas invisibles del pudor
y la sombra de tu cuerpo al desnudo
frente a ojos extraños.
Es blanca esa atmósfera
en la que no hay espacio ni tiempo
y abandonas tu cuerpo a manos ajenas
con la confianza de que despertarás
en algún momento
–en algún día no muy lejano–.
¿Qué sabor tenía tu boca
cuando articulaba palabras
que no conseguías oír?
¿Qué tipo de nube veían tus ojos?
¿Qué color alrededor
si el verde es el de la esperanza?
¿Lo recuerdas?
Saliste a otro mundo
por una puerta que parecía falsa
pero era auténtica
porque solo tú supiste
escoger –entre tantas
que se abalanzaban a tu paso–
la mano verdadera.
Por una realidad parecida a la de antes
–como respirar desnuda–
porque había desaparecido el ruido
que te cambiaba por dentro.
Saliste fuera de ti
y volviste a escuchar una voz que te decía:
quiero ser feliz,
un sonido para muchos inexistente
y que todavía te produce escalofríos
porque vuelves a recordar
los pasos de un cuerpo desnudo
hasta la ventana.
¿Cómo confesar lo que sentiste?
¿Por qué hacer caso a los demás
que no creerán lo que viste?
¿Lo recuerdas?
Cuando tus pupilas comenzaron
a unir el paisaje de la vida
y tejer todas las teselas de la luz
como hace el presente con el pasado
y la vista con los objetos
una voz te dijo: ya se ha acabado.
Te cogió la mano
–nunca en la vida
habías sentido algo parecido–
con tanta ternura, con tanta suavidad en la piel,
con tanta fuerza y peso a la vez,
como los secretos inconfesables
que se guardan un día para siempre
–un día que nunca deberías convertir
en algún día no muy lejano–;
y cuando ahora a vivir, te dijo
entonces lo comprendiste.

Del libro, Escribir la distancia

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