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La poesía, como el arte, se presenta en un tiempo móvil donde el pasado y el presente reconocen paisajes estáticos ligados al mundo de los sentimientos. La vida y el amor, diacronía poética por excelencia, traspasan la memoria que señala el devenir del ser humano. Pero la poesía analiza las propiedades de la vida y se lanza en un estado de perpetuo movimiento a modificar su estado y a descubrir con palabras sus consecuencias y efectos. El arte por su parte llama a la reflexión mientras la poesía se escuda en el silencio. Poesía y arte, vida y deseo, que hacen vivir a los hombres en el espejo de sus creaciones como una realidad paralela que se funde con el mismo tiempo, con su derrota y su pasado a cuestas, con la esperanza de sentir la vida con nuevos ojos, como un paisaje hermoso que se abre al infinito una vez que pasa el miedo. El viaje hasta encontrarnos en el interior de uno, quizá la experiencia más arrebatadora del hombre ante su condición anónima y trágica. Si la historia te atrapa sin más, la obsesiva relación que tienen sus protagonistas con el arte plasma un mundo paralelo donde pervive esa misma libertad a costa de sus fracasos. En su intención poética, la vida es un pretexto para recordar el pasado porque aunque a veces es preferible olvidar, no podemos hacerlo con tranquilidad, tal como nos recuerda la memoria, la misma historia, la de uno mismo y la de los demás. De la conciencia que nos retrata, de la literatura que recuerda historias paralelas, de las confesiones que nos definen, de la vida que se descubre en el viaje oculto de nuestras conciencias, de la libertad de la conciencia al exterior de los sentimientos, habla la poesía que reflexiona sobre la vida, con el mudo apoyo del arte y del silencio.

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