Etiquetas

,

Luke, nº 147, marzo 2013, por Javier Fernández Rubio.

¿Por qué tendría que leerlo?

Porque es amena, está bien escrita, porque es una obra con voces y registros diferentes y porque es una de esas novelas que se te mete en la cabeza sin saber bien por qué.

-Usted tiene una dilatada trayectoria en muchos campos de la escritura, pero parece que desde que dejó de editar hay un estallido en su producción: novela, poesía, narrativa. ¿Qué significa Un poco de paz en su particular catálogo de obras?

Es mi primera novela publicada. Además, llega después de la edición de la primera parte de mis memorias de poeta metido a editor. Podría decir que con ella se me abre un campo narrativo importante.

-En su primera novela hay un poso poético que a mí me llama la atención. Me refiero sobre todo a recursos estilísticos, como repeticiones, que parecen propios de la poesía. Y también a una sensibilidad especial que, es mi opinión, una introspección más poética que novelesca. ¿Se la puede calificar como la novela de un poeta.

No es una novela de poeta. Me gustaría pensar que se puede leer como una novela moderna, cuidada, con una música propia, pero que guarda un enigma para el lector y varias sorpresas más entre sus páginas.

-Dos hombres afrontan de manera distinta un pasado compartido. La multiplicidad de lo vivido y la búsqueda de una explicación que dé fuerzas para vivir, para vivir en paz, ¿no es en el fondo una aspiración vital de todos?

Sí, especialmente en estos tiempos de incertidumbre. Se trata de reflexionar sobre lo que hacemos y sentimos con el fin de reorientar la vida si nos hemos confundido en el camino o si nos han apartado de él. Y esta novela tiene algo de eso, al menos, nace de un par de preguntas que me hice como autor mientras la escribía y que trasladé a uno de los personajes: ¿soy feliz?, y ¿qué es lo que me pasa?

-En sus memorias, Los pasos inciertos, describe sin tapujos el viacrucis que le llevó a publicar como editor 160 libros. Me llama la atención que, más que los problemas económicos, le duela en sus páginas la falta de eco de sus esfuerzos editoriales, como si editar, escribir, en clave independiente, fuera una aventura condenada al fracaso. ¿Es así realmente o es una manifestación de un pensamiento pesimista?

La edición independiente, pese a su cuidada selección y calidad, es minoritaria. Yo no hablaría de fracaso, sino de impotencia al ver cómo el mercado de la cultura responde con consideraciones tradicionales e incluso de defensa gremial a todo aquello que es novedoso y diferente. Si tuviera que hablar de fracaso, debería mencionar el modelo tradicional del libro que parece agotado, que no quiere reconvertirse ni considerar como válidas nuevas propuestas cuando aparecen. Esperar que el tiempo ponga a cada uno en su lugar es de ilusos, tal como están las cosas, cuando todo es frágil y muchos, por último, no se quieren dar cuenta.

-¿Significa para usted algo la trascendencia, la perdurabilidad, la memoria? ¿Ha editado, escribe, para ser recordado?

En el caso de las memorias escribo para no olvidar, para recordar. En unas memorias, en el momento de la escritura, uno  debe sentirse libre con lo que dice y jamás mentir ni falsear lo sucedido. Pero no todo es memoria, y la literatura también tiene arte, belleza, sensibilidad y sorpresa. Podría decir que en todo lo que escribo me miro con cierta distancia. Aprendí de mis errores, de la vida, de la literatura que quiero escribir y he aprendido a mirar a los hombres, a escarbar en la memoria, en los recuerdos, en los buenos y en los malos, hasta pensar que reviviré con ellos, inevitablemente, de otra manera, con la escritura por ejemplo, o con la lectura.

-En una reciente declaración pública suya, creí interpretar que contraponía su trabajo como editor con su vida, de tal modo que sitúa el cierre de Bassarai como hito a partir del cual se concentró en su actividad literaria, en definitiva, en vivir. ¿Cómo se dio cuenta de que hacer libros le impedía vivir? ¿Por qué parecen en su caso edición y vida términos opuestos?

No me expliqué bien. Recuerdo que trabajaba en Bassarai a tiempo completo y que llegué a hacer de todo para salir adelante, hasta que llegó un momento en el que no tenía ni vida social ni familiar. Cuando esa etapa terminó, me propuse retomar ese ámbito de mi vida que había descuidado.

-¿No cree que hay demasiados poetas y demasiada poca poesía? ¿No es el de poeta un título que uno se autoconcede? ¿Cómo distinguir al auténtico poeta del diletante?

Cada cien años nacen un puñado de buenos poetas, solo hay que descubrirlos. Mientras tanto, se seguirán publicando malos libros de poesía, pues algunos pocos son los que tienen calidad e incluso, algo novedoso frente al resto. Es inevitable, pasa lo mismo en otros campos de la escritura. La maquinaria y el mercado responde por igual a la moda o a las exigencias de un público mayoritario como a la vanidad de tantos autores que quieren verse como poetas, con un libro publicado bajo el brazo, cuando en realidad no lo son.

-De su trayectoria creativa, incluido el apartado editorial, se desprende un hombre al que nadie, guste o no, puede negar coherencia entre lo que piensa y cómo actúa. ¿Ha hecho alguna vez algo violentándose a sí mismo?

En todo momento, pasara lo que pasara, estuviera como estuviese, intenté mantener la dignidad a toda costa y evitaba comprometerme en proyectos y pactos que no pudiera cumplir el día de mañana. A día de hoy, sigo pensando que es el momento de mantener la dignidad más que nunca.

-¿La marginalidad, la soledad, es el precio de la independencia, de la fidelidad a uno mismo?

La soledad es el precio de la escritura. Y la marginalidad, el de la independencia más osada.

-De sus memorias como editor se desprende un hartazgo del escenario de los libros: si los libros son hermosos, el mundo de editores, autores, agentes, medios de comunicación, etc. parece más una farándula asfixiante. ¿Qué tiene la cultura que es capaz de lo más excelso y de lo más ruin?

Es arte ante todo y contiene conocimiento, reflexión, gozo y misterio que nos ayuda a crecer frente a los acontecimientos cotidianos que, por lo general, nos confunden. La creación en sí es maravillosa, lo que parece mezquino es la sociología literaria donde abundan las comparaciones y cierta hipocresía a la hora de no decir la verdad o de marginar al que va a contracorriente con una obra que ha crecido en la soledad más íntima.

-¿Qué es mejor: un mal libro o una mala conversación?

De un mal libro se aprende mucho.

-¿Es usted prisionero de una obsesión?

Ya no, pero lo fui de la escritura y especialmente de la poesía. Ahora me quiero más que antes y me perdono los errores que cometo. Tampoco me comparo con los demás, nunca lo hice. Digamos que la obsesión era yo mismo, lo que podía, quería hacer y no conseguía.

-¿Cree que el español es culto

No.

-Usted nace y vive en el País Vasco y ha producido libros y escrito en castellano. ¿Se considera una persona valiente?

El miedo no debería paralizar lo que uno siente que debe hacer o decir.

-¿Le interesa la política?

Sí, soy de esos que cuando habla de política nunca se enfada. La política me interesa como arte del conocimiento de las personas y de la organización de las naciones. Tampoco puedo olvidar que los ciudadanos somos los que sufrimos las decisiones adoptadas por los gobernantes en última instancia. Por esa razón, analizo con lupa las noticias de la política que en principio parecen intrascendentes. Además, la política está hecha también de gestos y de palabras, y ahí soy un experto para detectar lo que se nos viene encima.

-Dígame algo que envidie en los otros y de lo que KM carezca.

Ya dije que no tengo envidia de los demás, pero hay muchas cosas que KM carece, por ejemplo, reconocimientos públicos, contactos, poder e influencia.

-Dígame algo que tenga KM y que no se prodigue por ahí?

Un mirar diferente de las cosas y de las personas, un fluir con la vida de un modo libre.

 ver entrevista completa

Anuncios