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Magazine Paisajes eléctricos, 16 de marzo de 2013, J.S. de Montfort

La historia de la editorial Bassarai comienza en Vitoria en 1996. Se trata de un proyecto levantado por Kepa Murua, una idea que nace con la ilusión por apostarle fuerte a la literatura de calidad, y en castellano; una literatura que, además, ande en compromiso con la vida. El empeño durará hasta 2011, y durante esos quince años el poeta y editor vasco llevó una suerte de dietario con la voluntad de que quedase recuerdo de sus impresiones del día a día. La primera parte de dichas anotaciones se corresponde con el volumen Los pasos inciertos 1996/2004 (Milrazones, 2012).

La editorial tomó su nombre de las bassarides, “las bacantes tracias que dieron muerte a Orfeo” y su línea básica de trabajo era la de no publicar sus propios trabajos (de Murua) ni dejarse arrastrar “por el amiguismo o la idiotez del intelectualismo provinciano”. Uno de los asuntos que más quebraderos de cabeza le traerá a Murua, de hecho, será esa esquizofrenia de ser, al mismo tiempo, escritor y editor. Un complejo desdoblamiento de capacidades y competencias que han de encontrar acomodo de una manera siempre precaria e inestable, pues las unas y las otras andan, constantemente, en pugna por imponerse (“tengo la sensación de que no llego a todo”, se lamenta Murua). Un poeta metido a editor, nos dice, tiene un problema: “Si se publica, muere. Si escribe, desfallece. Es preferible entonces ser un tipo disciplinado, no un tipo que escribe y confiar en lo que uno no sabe”.

El dietario se divide así necesariamente en dos partes que se interrelacionan. De un lado, lo referido a la propia editorial Bassarai y el rol de Kepa Murua como editor literario independiente (ser editor es “como bañarse en vinagre”, sentencia). Y su actividad, afirma, tiene más de fuerza e intuición que de conocimientos empresariales. “Somos y seremos unos parásitos, pero nunca unos funcionarios”, dice refiriéndose a Bassarai, que no quiere hermanarse con las políticas suvbencionistas de otras editoriales vascas. El editor chocará de inmediato con la falta de seriedad y el amateurismo de muchos de los agentes del sector con los que comienza a trabar contacto. Y esto se escenifica preferentemente en los accesos de vanidad y egolatría de ciertos autores, y las envidias y recelos que tales condicionantes ocasionan, pero también la incomprensión de la crítica, el trato dificultoso y siempre enigmático con las distribuidoras (algunas de las cuales cierran de la noche a la mañana), las trampas de las imprentas (a las que hay que estar controlando para que no te engañen), las presentaciones de libros y el siempre frágil trato con la prensa y las radios, los traductores y los agentes extranjeros y, cómo no, la competencia del sector (que es terrible, nos dice). Las ingratas cartas de rechazo de manuscritos (es decepcionante, nos dice, el material que les llega a la editorial), la creación de la web de la editorial o la aparición de la revista Luke  (espacioluke.com).

De otro lado, los dietarios hacen referencia a todo lo que tiene que ver con su creación poética, basada en su idea de que “la poesía es la metafísica del conocimiento” y su composición literaria que cree en las premoniciones, así como con la gestión de sus publicaciones con diversas editoriales. Sus opiniones sobre la obra de sus contemporáneos o la reflexión sobre la creación artística, forman parte también de este apartado.

Y, entretanto, la vida: el crecer de su hijo –a quien llama Ju- (nacido apenas un poco antes de la creación de la editorial) y la vida (no exenta de problemas) junto a su mujer (a quien se nos identifica como Mi).

Como todo excelso dietarista, Murua conspira también para crear una imagen elevada de sí mismo, tomándose con frecuencia quizá demasiado en serio (o incluso quejándose mucho) y ha de decirse que cierta solemne gravedad ayuda a la construcción del relato del escritor. Pues es, especialmente en lo que se refiere a la creación poética, donde Murua se nos muestra más majestuoso y ascético (sus demandas de quietud y soledad para la creación entre el ruido de la vida y de las obligaciones editoriales son constantes). Claro que esto quizá nos resulta así por contraposición al pragmatismo de las labores del editor, más inmediatas y concretas. No es menos cierto, sin embargo, que el propio Murua es plenamente consciente de esto y lo va distendiendo aquí y allá, con cierto regocijo autoparódico, como cuando confiesa que “a veces puedo resultar una caricatura y aparecer como un patético adolescente”. Asimismo consigna las críticas que la gente le hace (sobre todo en lo que respecta a la labor de la editorial) y no hace ascos incluso a copiarnos la carta de una amiga en la que ésta le espeta frontalmente los errores de su dirección editorial. Se tiene en muy alta estima, sí, Murua, pero eso es también porque quiere tener a los demás en igual estima y consideración. En otras palabras, que se exige a sí lo mismo que a los otros. Por ello no es raro que declare repetidamente sentirse rodeado de incompetentes.

Uno de los peligros de este dietario es caer en la trampa de los nombres, pues de nombres hay a porrillo. Y ello porque de los nombres se predican cosas. Cosas feas, en general. Pero tampoco tan sorpresivas o escandalosas. Cosas sinceras, eso sí, esas cosas que uno, con la mayor brutalidad íntima, le contaría a un amigo al calor de un whisky en un bar, tras una agotadora jornada de trabajo. Que la novela de tal o cual es malísima, que fulanito es un estafador, que sotanito se cree más listo de lo que es, que el otro es un cantamañanas o que el de más allá no es capaz de recibir una crítica honesta o cumplir con lo pactado. En fin, decires que no deberían distraer al lector de lo importante, que es esa suerte de cuaderno o ideario poético de Murua, ni tampoco del conocimiento que podemos extraer de su labor como editor, luchando a brazo partido para sacar adelante una apuesta cultural como Bassarai que, “sin olvidar las necesidades empresariales mínimas, debe difundir un ideario literario y estético compartido entre lectores y escritores”.

Decía Foucalt al referirse al término “parrhesia” que éste designa un lenguaje cuyos componentes son la franqueza, la verdad, el peligro y la crítica y el deber.  Que diciendo la verdad se adquiría un compromiso, un deber moral que pugna por anteponerse al interés personal.  En este nivel, creo yo, es donde deberíamos poner nuestros ojos más atentos, nuestra escucha (y lectura)  más severa, para así sacarle más provecho al volumen Los pasos inciertos, atendiendo a ese deber moral que Murua evidencia en el siguiente aserto formidable: “La poesía es ante todo enfrentarse a la vanidad de uno, hablarse para hablar con los otros”.  Y esto es, por extensión, lo que aquí encontrará el lector, la voz de un poeta que habla consigo mismo (de sus problemas cotidianos que tienen que ver con Bassarai, pero también de algunas pinceladas de su vida y sus dudas, ideas o planteamientos poéticos) mientras desea, confía y pide poder hablar con los demás, para dejar de sufrir, así sea por un momento ilusorio esa sensación de “navegar solo, de ser un hombre de mi tiempo en el tiempo de los otros”.

Tiene razón Javier Menéndez Llamazares cuando en el prólogo dice que “Si alguna vez la edición ha sido un acto de heroísmo, [Kepa] Murua se ha ganado un buen puñado de medallas”. Ahora, ya con la certidumbre de un catálogo completamente cerrado, ha de decidir el lector cuál es el metal en el que habrán de fabricarse tales medallas.

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