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Como un cantante que aligera
el poema más delicado
para hacer oír su voz,
escucho yo el murmullo repetido
del silencio entre tus manos.
Todos aquellos que miran a otro lado
no saben lo que se pierden.
Se miran los senos y aparece
el aire del deseo masculino.
Se mira el rostro y el beso delicado
en horas intempestivas.
Se mira el interior y el cuerpo
dicta la pasión sin freno.
Se miran las piernas y se ve
cómo andan los ojos
en medio de la cara
tras un efímero descanso.
Pero cuando se mira la voz
se escuchan los pasos
de los senos, de las piernas,
de las manos y de los ojos
como un reflejo unitario
del pulso del corazón.
No es una mirada esquiva
ni furtiva ni encontradiza.
No es una llamada cualquiera.
No es un rubor alocado
sino sereno como pocos,
una sorpresa mayúscula.
Alguien que te dice
un secreto o un dilema
bien con la boca cerrada
o bien con los labios abiertos.
Pocas veces el amor
tiene un sello más profundo
un candado más delicado
que aquel que evoca la garganta
cuando dice cualquier cosa
con un peso instántaneo
sin pretenderlo.
En ese momento
–tierno y delicado a la vez–
quien lo escucha
siente recorrer un escalofrío
por su espalda.
Pero solo a veces
solo a veces retrata
a quien está al otro lado
como firma la declaración
quien se pronuncia
porque en el tono que se dice
o en el latido de lo que se oye
aparece la eterna lucha
del silencio de las cosas
junto a la verdad
que nadie más que el que escucha
puede comprender al instante.
Si alguna vez quieres enamorarte
no mires donde todo el mundo mira.
Si alguna vez deseas encontrarte a solas,
por ejemplo, con el amor,
no mires cómo caminan
los hombres con las manos en los bolsillos
o cómo lo hacen las mujeres
con una libertad que disimula
su descaro por el mundo.
Mira cómo modula el sentimiento
la afonía secreta de las palabras.
Escucha el silencio profundo
de la verdad no dicha
en medio de la naturaleza
que nos hace más humanos
pese a aullar a menudo
como animales en celo.
Escucha el silencio de las plantas
en la boca de los pájaros.
Y da las gracias con los ojos
cuando miras a otra parte
y la lengua es la que dice
lo que de verdad se piensa
si se cierran al instante.
En ese momento
un soplo que aún reconoces
como ajeno y que el tiempo
convertirá en propio
te atrapa por el lado más bello
en secreto y con cautela.

Del libro, Escribir la distancia

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