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Leo el catálogo de la exposición «Desde el puente de los años», de Paul y Gisèle Celan. Pobre Paul, tantos años buceando en su identidad para terminar perdiendo la cabeza por su propia desesperación y su excesiva sensibilidad. Las postales que escribe a Eric son las de un padre poeta. No sé si un poeta puede desligar esta condición a su ser, pero en la educación uno debe mostrarse tal como es sin perder sus rasgos vitales, con ternura y cierta distancia. Celan era un poeta las veinticuatro horas del día, una determinación que te puede llevar a la autodestrucción o la locura. Si llegas a la soledad en condiciones, solo así puedes salvarte. Él no lo logró. La poesía –por lo demás– no es una bendición como creen algunos, sino una maldición que nos persigue a todas horas. Por eso es preferible no ser poeta las veinticuatro horas del día, porque no se puede vivir así hasta la violencia infinita. La identidad es un rasgo en el que debe profundizar el poeta si quiere escribir en un futuro un tanto relajado.

 

De 1996/2004. Los pasos inciertos (Memorias de un poeta metido a editor)

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