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Los premios literarios, los más importantes, no sirven para nada en especial. Sirven para los políticos, para la prensa, para los miembros del tribunal, para la crítica, para el editor que los convoca; sirven para robar autores, “secuestrarlos” porque se dejan seducir; sirven para confundir al personal; sirven para que los ingenuos caigan en sus redes enviando sus manuscritos; sirven, como intuyo, para todo, menos para la literatura.

 

Del libro, 1996/2004. Los pasos inciertos (Memorias de un poeta metido a editor)

 

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