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Tengo en mis manos, Los pasos del nómada, el libro del poeta y novelista, Pedro Tellería, con quien he disfrutado de animadas veladas poéticas y compartido situaciones complicadas, pero interesantes, en el mundo del libro y la edición, durante un largo periodo de tiempo que nos ha servido para afianzar una camaradería, una confianza y una complicidad donde las conversaciones tranquilas, pero sin máscaras, fluyen desde entonces con humor, con alegría e, incluso, con una risa cómplice cuando uno se ríe de sí mismo y se siente acompañado por la ironía del otro.

Además, muchas veces hemos tenido que leer el mismo libro con el fin de intercambiar puntos de vista diferentes como lectores o contrastar análisis críticos que corresponden al mundo más literario. Y algunas veces más, nos hemos leído nuestros libros inéditos, pues el apoyo de un compañero de letras, que se convierte finalmente en un amigo, es necesario para crecer en un mundo tan solitario como este, donde el escritor ya no ve lo que escribe cuando con el paso del tiempo tiene que utilizar, por ejemplo, gafas.

Permítanme entonces que me ponga las mías para leer la dedicatoria que me escribe, pues sin ellas no la entiendo. Está en la primera página y dice: “Para Kepa: amigo, espero que te guste este libro que habla del ir y del venir, de la errancia mental y física, pero siempre con un paisaje al fondo”.

Si pasamos algunas páginas, como los días de este libro, llegan los poemas, lo que el poeta define como verdades sencillas que se descubren en el paisaje, con un primer capítulo titulado, “Abrirse a la tierra”. Y ¿quién se abre a la tierra? Para el poeta se abren el hombre, la mano que trabaja y la voz de Dios que escucha ese hombre.

En el cuarto poema, titulado “Botas desgastadas”, por primera vez se nos presenta al  nómada, que es ese hombre que va por diferentes senderos, cruza el campo y anda por los caminos para extraer de ellos su esencia. El paisaje que acompaña al nómada, al hombre móvil que vuelve una y otra vez a la tierra, es el escenario donde se nombran las hojas, los pájaros, los bosques, el desierto, la arena, las sombras o el cielo.

“Todos llevamos un nómada dentro”, nos dice el poeta. Pero no todos comparten el mismo paisaje ni el mismo Dios, dos rasgos esenciales para entender la religiosidad poética de un autor que configura esa presencia no solo en lo que nos rodea –lo entendamos o no–, sino en lo que se explica en los ojos de cada ser humano. Ese ser libre, nómada, casi como el poeta, “que debe estar a la altura de los días que pasan”, nos recuerda el autor.

Y esos días se convierten en meses y estaciones que enumera la escritura: noviembre, diciembre, abril, septiembre, julio, verano, otoño, invierno, con un cambio en la percepción del paisaje y en los estados de ánimo del nómada, como son la alegría, el cansancio, la decepción y la tristeza, porque al igual que el lector de dedicatorias casi ilegibles, también él se quita las gafas para estar más lejos de todo y pensar sobre lo que sucede. “Tanto en la tierra como en el cielo se puede estar más lejos de todo, incluso del tiempo perdido”, nos confiesa el poeta.

Solo de este modo se reconoce que el espacio está para ver cómo el tiempo modela su contorno, mientras no se puede huir de la verdad que nos arrastra a la tierra que nos vio nacer y marchar al mismo tiempo. Ese “ir y venir” de la dedicatoria, es un mensaje crucial para comprender los pasos del nómada. El lector seguirá la estela que el poeta marca –por ese paisaje alavés tan propio de Pedro Tellería– y regresará, por la senda de la vuelta, en ese segundo capítulo, titulado “Tentado regreso”.

Podríamos decir con tranquilidad, sin miedo a equivocarnos, que todos volvemos algún día a algún lugar que nos reconoció antes de que marcháramos. Así lo hace el poeta cuando se interroga por el paso del tiempo, por la vida en la ciudad o el campo, por la seguridad de un trabajo o la incertidumbre de nuestro tiempo, como esas verdades que se deben vivir: a veces, en soledad; tantas, acompañado.

¿Seremos felices algún día?, es la pregunta esencial que se oculta en el libro. Pero, aunque el camino emprendido es importante, el poeta está convencido de que lo lograremos si escuchamos la verdad de cada uno. Cuando lo hace, le invade la nostalgia, recuerda a su madre en el jardín, a las rosas, a los lirios, en un momento en el que el nómada vuelve a sus raíces, se enfrenta a la vida y descansa en su casa de siempre.

Y quizá por esta razón, porque nunca se fue pese a todo, el tercer capítulo se refiere a “la casa caliente”, donde el nómada se refugia para pensar y recordar el trayecto –lo que fue el viaje–, hasta unir lo que parecía disperso a través de los hilos invisibles del corazón o las puntas que teje la memoria que –según Tellería– está hecha de viejas palabras que nos remiten a Dios, a la casa, al paisaje que rodea los sueños, al mundo que, pese al viaje, está ahí, como siempre, para descubrirlo y pasearse en él, como lo hace el viento.

“Todos llevamos un nómada dentro”, nos dice el poeta. Todos marchamos para volver a casa algún día. Es el dilema entre ser libres y echar raíces, entre el comienzo y el final de un viaje en una realidad que se transforma más allá de la gente, mientras cambiamos ante los demás en unos pocos días, en unos meses, en años, en diferentes estaciones del tiempo y de la memoria.

Todos tenemos una memoria, unas raíces, un paisaje, unas palabras, una religiosidad, un silencio, con un nómada dentro que camina por un mundo a descubrir en la mirada de un amigo que es también poeta.

(Texto leído en la presentación del libro, Los pasos del nómada, de Pedro Tellería). Museo de Bellas Artes, de Vitoria-Gasteiz, 13 de febrero de 2013.

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