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No sé si regresar al pasado
y verme en el final de una distancia
que congela las horas
y aquieta las embestidas del corazón.
Detrás de los gestos anodinos
la verdad de las cosas.
Luego llega la calma
la fluidez del mismo porvenir.
La palabra sostiene el silencio sin saberlo
y el silencio talla el pulso de la poesía
en nuestras manos.
No sé si volver mi cabeza
en el instante que la sombra gira
para contar los pasos
que nos sitúan uno frente a otro.
Es febrero y en el correo
una carta manuscrita
de quien he rechazado.
¿Ser rectitud o ser renuncia?
Ser repudio.
Ser permanencia.
Ser nada cuando empiezas.
Tiempo mientras eres.
Algo cuando llegas.
Ser nombre cuando mueres.
Pero más difícil todavía:
hombre cuando lo has perdido todo.
Alguien cuando te cuesta
hasta abrir la boca.
Así las palabras que se dicen
y no se escuchan.
Así febrero que nos impide ver
lo que hay más allá de nuestra sombra.
Así el silencio sin pretenderlo.
Reducir la vida a un gesto es de locos.
Traducir la vida a un mes no se puede.
Resumir sus pasos en un libro, tampoco.
Pero gritar, gritar sí.
Mientras la luz avanza
hasta el interior de mis ojos
en esta carta que leo
alguien se atreve a hacerlo
y lo hace con su puño y letra
como si escribiera en mi nombre.
No sé si merece la pena
situarse en un final
tal como nos ven los demás.
En un tiempo oscuro
cuando los nombres
que se escribieron en las paredes
caen por su propio peso.
Ser como pensamos que somos
no tiene desperdicio.
Pero ser diferente a otros
es demasiado atrevido
si en los gestos cotidianos
se oculta la verdad de las cosas.

Del libro, Escribir la distancia
© De la fotografía, José María Álvarez Fernández

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