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Luke, nº 144, noviembre-diciembre 2012. Pedro Tellería.

El 29 de octubre tuvo lugar la presentación en Vitoria de “Escribir la distancia”, el nuevo poemario de Kepa Murua. Asistieron a ella el escritor y editor Roberto Lastre, Pedro Tellería (director de Luke) y el propio autor.

Texto leído en la presentación de “Escribir la distancia” de Kepa Murua (Vitoria, 29 de octubre de 2012).

Empezaré diciendo que siempre se me hace difícil hablar sobre el nuevo libro de un amigo. La vida se mezcla con la escritura, la voz del amigo con la letra del escritor, los años y las conversaciones con la belleza de un poema o el acierto de una metáfora. Sabía que Kepa Murua tenía un manuscrito titulado Escribir la distancia. Lo leí en su tiempo y, como siempre, me gustó muchísimo. Pasaron los meses y los años. Y a comienzos de éste me dio la buena noticia de que Luces de Gálibo iba a publicarlo. Como siempre, me alegré. Me alegré por el amigo que sigue con su empeño y sus esfuerzos y me alegré por el escritor que sigue con su empeño y sus esfuerzos. Y también me alegré por el lector, fuera nuevo o fuera veterano: el nuevo descubriría a un poeta en su plena madurez expresiva y el veterano asistiría a una vuelta de tuerca más en su escritura.

Como escribir es ordenar ideas, y hay tiempo esta tarde de charlar con desorden, explicaré qué encuentro en este libro. A riesgo de pecar de lesa originalidad, dividiré esta intervención inicial en dos partes, que se referirán, por este orden, a la forma y al fondo de Escribir la distancia.

Consideraciones sobre la forma
LOS NUEVOS POEMAS de Murua son más largos que nunca. Todos sobrepasan la página –en una edición que presenta un cuerpo de letra mediano–. Muchos llegan sin dificultad a las tres páginas. Todos, además, son monoestróficos y están encabezados por un título, predominando en ellos la construcción “Escribir” más complemento directo. Unos pocos, significativos si mi olfato no me falla, trasngreden esta norma. Son aquellos que incluyen un complemento predicativo. Finalmente, otros pocos presciden por completo de norma alguna. Su título es libre, como “Quizá sea eso”, “Cinco peldaños” o “Y vendrán tus ojos”. Están, debo decir, entre mis preferidos.

En segundo lugar, Murua ha escogido para la mayoría de los poemas un grupo de figuras literarias que se encuadran dentro de las conocidas como “figuras de repetición”. Incluso en una primera lectura se observa que los paralelismos y las anáforas pueblan el libro. A ello hay que añadir la concatenación sintáctica mediante cercenamiento o recuperación. Me refiero a un recurso que consiste en cortar a machete una oración o, visto al revés, ampliar en la siguiente una parte de la anterior. Poemas como “Cuando todo calla” o “Escribir la dificultad” incluyen buenos ejemplos de todo ello.

En tercer lugar, Murua emplea en el libro un vocabulario accesible para cualquier usuario de español. Sustantivos comunes o abstractos, verbos o adjetivos son, la mayor parte de las veces, de empleo común en todos los países de habla hispana. A ello hay que añadir la utilización de expresiones fijas. Unas y otras, os confesaré, se las he escuchado a Kepa Murua cuando charlamos con un café como pretexto o con un libro por excusa. Creedme: es su vocabulario y son sus ideas.

En cuarto lugar, Murua es un poeta experto en la creación de atmósferas a partir de minúsculas escenas que, como cuadros de una exposición –sé que es un enamorado de la pintura–, cuelgan del poema y sirven al lector como punto de partida para su interpretación. En este libro, además, esas escenas están envueltas en una ternura que no era tan frecuente en sus primeros libros. Hay, si no recuerdo mal, madres con niño, ventanas con niebla o poetas que se visten al borde de la cama.

Otro rasgo distintivo de Murua es, en quinto lugar, el empleo de voces diferentes de poema a poema, las cuales, incluso, esconden personajes distintos (célebres son, por ejemplo, sus poemas con voz de mujer en No es nada). Sin pretensión de ser exhaustivo, he encontrado en Escribir la distancia madres o padres que hablan al hijo, amigos o amantes que hablan a sus amigos o amantes, monólogos poéticos (muy habituales en este libro), apelaciones al lector y desdoblamientos en segunda persona.

Finalmente, y para cerrar este apartado de la forma, preside casi todos los poemas el tiempo verbal de la reflexión y de la sabiduría, a saber, el presente atemporal, filosófico o meditativo. Hay, con todo, esporádicas incursiones en el pretérito perfecto simple –tiempo predilecto, como sabemos, de la narración–, como sucede en “Escribir el infierno”.

Consideraciones sobre el fondo
COMO HABRÁ TIEMPO esta tarde de que Murua explique qué entiende por escribir y qué entiende por distancia, me limitaré a esbozar los grandes motivos que, agrupados en dos grandes campos semánticos, a mi juicio vertebran este nuevo libro. El primer campo semántico es el malestar moral, la desolación. Hay un sustantivo abstracto que se repite: abandono. Y hay poemas sobre la humillación (el primero), la insatisfacción, la agresión verbal, la mentira, la impotencia o la incertidumbre. Son o comportamientos que provocan estados de ánimo desolados o, propiamente, estados de ánimo desolados.

El segundo campo semántico es el bienestar moral, la consolación. Hay otro sustantivo abstracto recurrente: amor. Y, junto a él, poemas que hablan de ternura, de comprensión entre las personas, de ayuda y de agradecimiento. Son, igualmente, términos que expresan conductas que nos consuelan o, propiamente, estados de ánimos consoladores.

Finalmente, varios poemas inciden en esas valiosas palabras que nos hemos dado los hombres y cuyo sentido hace superfluo cualquier comentario: palabras como recuerdo, olvido, presente, sueño, recuerdo o memoria no faltan en este libro.

Concluyo. Hace escasamente un año, Kepa Murua presentaba al lector “El gato negro del amor”. En ese poemario abundaban la referencialidad, las cosas, los gatos, la imaginación y los recuerdos que dejan el amor y el desamor. En cambio, Escribir la distancia es para mí, como he sugerido, un libro más meditativo y filosófico, menos referencial y más abstracto. Lo que digo es, de todos modos, sólo una opinión: aquí tenemos al autor para confirmarlo o refutarlo.

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