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Y vendrán tus ojos
para mostrarme la luz
en medio del caos.
Y vendrán tus palabras
para recogerme.
Tus brazos para volver
de donde me perdí.
Como barro en tus manos
dejaré mi alma de cántaro a un lado
del bosque de la verdad
mi cuerpo de guerrero al otro
con una espada incapaz
de cortar la maleza del camino.
No es que me rinda
sino que estoy agotado.
Y vendrán tus manos
a tocarme en la distancia
porque me perdí
en la espesura que cubre el deseo
hasta pensar que no creía en el amor.
Me endurecí y dejé de reír.
Tal vez debió ser así, me dices.
Sé que las certezas
acaban cediendo a los embates del mar.
Que el mar lo devuelve todo
con las olas y las ilusiones
–un mundo único–
para que la luz
vuelva a la vida
porque no hay nada que hacer,
ya no es necesario entablar esa batalla
donde siempre, sí, siempre,
se sale perdiendo.
La libertad es elegir un camino
es equivocarse de destino
con quien no puede ni sabe acompañarnos.
La libertad que tanto miedo
tiene a la soledad.
La soledad que se equivoca tanto
cuando es el deseo el que manda.
Cuando son las obsesiones del amor
las que gobiernan el pulso de los sentimientos
en la cara de un anciano
donde una vez hubo un niño.
Donde hubo mar y ahora es desierto.
Donde se ve el cielo
y nadie lo sabe.
Donde hubo algo y ahora es distinto.
Y vendrán tus manos
a mostrarme el camino.
Tu brazo a retirar la confusa vegetación
que sube por mis ojos
al ver pasar la vida
sentado en un sillón del cuarto
donde ya no queda ninguna ventana
porque las pocas que existieron
están tapadas con pintura negra.
¿Estabas de verdad enamorado?
Y si no lo estabas
¿por qué no supiste lo que podría suceder
en una vegetación oscura
que dominó todo tu cuerpo
y puso su certeza a los pies
de los golpes más inverosímiles?
Hacemos daño a lo que queremos
mientras el dolor anida su semilla
en nuestros corazones
y nace a destiempo
y todo se convierte en coraza.
Pero vendrán tus palabras
para que dude de todo.
De lo que fui e hice.
De lo que soy y hago.
A decirme, pero ahora,
no pienses más en ello.
Y dame la mano, ¿quieres?
Y en mi respuesta
–que solo pudo ser un balbuceo–
vendrás a decirme:
sí, me apetece que lo hagas
sujetándome fuerte.
No puedo escribir en esta distancia
las palabras que dije,
tan solo las que vinieron a verme:
yo también te beso
sin fuerza, pero lentamente.
Quizá entonces habría que esperar
a que las lagartijas iluminaran
el camino de esa noche
donde había tantos mosquitos
y las mariposas acompañaron a la luz
a su destino, aun muriendo.
Yo también me duermo con los ojos abiertos.
¿Me dejas que con mis manos te los cierre?
Y vendrán tus ojos a los míos
para que pueda dormir tranquilo.
Y tu mano a la mía
para que en el sueño
dibuje el camino
ahora despejado.
Y vendrá tu silencio nocturno
a ser palabra que solo yo
–por esta vez– escucho.
Descansa mi vida, descansa.
Porque aunque tú eres frágil
la diminuta luz
se encargará de romper la coraza.
Descansa mi vida, descansa.

Del libro, Escribir la distancia

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