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Escribir una palabra de amor
es levantarse de una silla
salir a otra habitación
y volver a sentarte en el centro de la sala
con un rumor cercado
por la soledad de una ciudad
a la que no deseas regresar,
pero finalmente lo haces.
Podría decir te amo
y entenderás así no te quiero.
Podría susurrar mi vida
y creerás haber escuchado te dejo.
¿Por qué las palabras que se dicen
no son las pronunciadas
en el interior de las cabezas?
¿Por qué juegan a abrir la boca
como si escribieran una carta desconocida
sin remite siquiera?
Una carta que se entrega un día
e inmediatamente se pide que se devuelva.
Escribir las otras, las de diario,
las que son tan difíciles de oír
en su estruendo nocturno,
nos iguala a los que sufrieron en un instante
un percance parecido.
Por la tarde la duda, la obstinación
de no responder a las llamadas de auxilio,
a los gritos de dolor, a la necesidad de ternura
o sencillamente a una de socorro.
La fatídica pregunta de qué hacer
o por qué nos vuelve a pasar a nosotros
que pensábamos que lo habíamos visto todo.
Escribir el amor
es hacerlo desde el recuerdo
cuando se olvidan los detalles
y todo lo vivido se parece
a una fotografía en blanco y negro
que cuelga de las paredes
y las habitaciones de una casa
donde destaca una silla vacía.

 

Del libro, Escribir la distancia

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