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Todos los días paso por el parque
a primera hora de la mañana.
Esa mañana, cuando todavía es de noche.
Solos yo y el camión de la limpieza
con su ruido infernal.
Los pájaros no se atreven a salir de sus nidos
porque tampoco despiertan a la par
la luz y la suavidad del día.
Todos los días que paso
veo una puerta abierta
donde yace un bulto oculto
tapado por una manta de la policía.
A dos metros la puerta de bronce del infierno
donde Dante esculpió los mejores garabatos de la historia
sin que los demás se dieran cuenta.
Todos los días cuando vuelvo
me topo con cientos de hombres serios
y unas pocas mujeres circunspectas
que llevan un arma oculta en sus bolsillos.
Todos los días pienso en la palabra paz
y en los bolsillos que llena la palabra democracia.
En el significado de la palabra hombre
en el de la palabra mujer en el siglo veintiuno.
Todos estos días donde escribo los garabatos
de mi puerta abierta a los demás
sin tener que pedir por ello algo a cambio.
Todos esos días en los que sueño que pasen rápido
la melancolía y la dificultad
al pensar en todo, cuando los demás
no piensan en nadie.
Todos esos días con la mejor de mis caras
en medio de esas arrugas imperceptibles
a primera vista y que se graban en la frente
al comprender que la libertad
son esos días que escribimos
sin tener que pedir esa limosna que recibimos
para poder escribir en paz.
¿Qué harán esos señores
detrás de las puertas de sus casas?
¿Qué esas mujeres en sus domicilios?
¿Verán la tele, verán el partido?
¿Verán las noticias donde se habla de ellos?
Y ¿ellas? ¿Escucharán las noticias,
plancharán, lavarán la ropa?
¿Acariciarán la frente de sus niños
sin saber lo que les viene encima?
Los hijos que están dormidos
y que se levantarán para ir al colegio
donde grabarán sus ideas con cemento
y sal, y un poco de agua bendita
que se suele colar por las esquinas
de las escuelas en nuestras vidas.
Pero ¿quién lavará esa manta
que yace en el suelo de nuestras ciudades?
¿Quién la conciencia que llama
a la verdad de la historia
en la memoria del infierno?
Y ¿quién se acordará de sus nombres
como de los que piden limosna
por sobrevivir en la dificultad
de su infierno?
Todos los días pienso en esas cosas
que aparentemente no tienen importancia.
En palabras desgastadas como adoquines
que pisamos a diario y donde yacen los muertos
que cubren esas mantas térmicas
con brillo de la policía.
Si pudiéramos lavarlas a nuestro paso
como limpia la lluvia las calles
estoy convencido –estoy seguro–
de que permanecería un olor extraño
porque el ruido de la conciencia en nuestro cerebro
no desaparece sin dejar huella.
La sal de la miseria en nuestra piel
no puede lamerse de golpe
sin que se olvide su extraño sabor.
El agua del bautismo en nuestro pesar
no puede desaparecer de un día para otro.
No pueden desaparecer esos rastros
que el tiempo recupera a su capricho
y pasa como testigos mudos
de padres a hijos.
Son los entresijos de la historia
cuando todos caminamos juntos:
niños que se hacen hombres,
chicas que se convierten en mujeres,
bolsillos llenos o vacíos que dependerán
de la suerte que se disfraza
en la dificultad aparente de esos días
que se traspasa la puerta
y aunque nadie se da cuenta
no pasan tan rápido como se cree.

Del libro, Escribir la distancia

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