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Leo en Berria, “Herri guztia su” (“Todo el pueblo en llamas”), la columna de Imanol Murua Uría, donde habla de la vida de algunas familias como la nuestra en el bombardeo de Gernika. Mi primo Imanol, con su euskera transparente y tierno, dulce, gozoa, se pregunta ¿cómo vive un bombardeo un niño de diez años en un refugio a punto de derrumbarse? Y ¿cómo hoy la misma persona, convertida en un anciano de ochenta y cinco años, recuerda aquello? Se refiere al tío Iñaki, aunque en el artículo también menciona a mi padre, que tenía ocho años, y a la abuela Joxepa, que tras salir ilesa buscaba con denuedo a su marido, Hilario, gudari en la zona de Gernika. Pasados unos días, los niños, con sus nombres escritos en un cartel hecho a mano que colgaba de sus cuellos, embarcaron en el Habana, en dirección a Southampton, en la costa inglesa; la abuela se refugió en Francia y el abuelo, al ser apresado y finalizar la contienda, pasó una larga temporada en prisión. Después de aquello, lo de hoy… En el texto reconozco la voz serena y dulce de mi tío Iñaki, lo puedo incluso ver, con sus ojos claros y su sonrisa amable, narrando aquellas historias que aún hoy lo estremecen, como a mí me conmueve la lectura de este pequeño cuento. Mi padre tardó años en contarnos estas y otras peripecias, aunque, todo hay que decirlo, su versión es más divertida, quizá porque tenía ocho años y aquello lo vivió como un juego. Guardo una fotografía dedicada del señor inglés que los acogía en su casa los domingos y los sacaba a pasear y les compraba un helado. ¿Qué se puede hacer cuando es domingo y se está solo?

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