Etiquetas

Los hombres somos así. Que si alguien nos lleva la contraria, hostia al canto. Que si alguien no piensa como nosotros, un idiota. Que si alguien se le ocurre llevarnos la contraria con formas elegantes, un bobo. Somos hombres hasta para darle patadas a cualquier cosa que se mueva: al balón, al diccionario, a las palabras, a los sentimientos, a la razón y a la historia. La presente y la pasada. Que en el neolítico éramos primitivos, nada; ahora patada al canto hasta colocar a la historia de nuestro lado. En realidad somos así porque justificamos nuestros actos con cualquier pretexto: que si la educación que nos dieron, que si mi madre no me quería, que si mi mujer es una arpía, que si estoy solo, que si bebí más de la cuenta… Pero, si lo único que hemos aprendido es a vivir a hostia limpia, lo que más me llama la atención es que somos hombres para maltratarnos con el mayor de los desprecios. Nosotros así de listos y de pendencieros. A hostias no nos gana nadie, porque una vez que has pegado el primer golpe, que es como un directo al corazón o un puñetazo en la cara, todo el mundo espera que noquees al contrario. Los jueces deben ser también hombres. La iglesia, cómo no, compuesta por hombres, siempre tan dispuesta a perdonar a los machos por razones de serenidad en estos tiempos locos. Tus amigos dirán que se te fue la mano, los vecinos que eras un buen tipo y así, con el mayor de los descaros, hostia va, hostia viene, hasta matar a la que se te ponga a tiro en las cuatro paredes de la casa o en una callejuela oscura como una mala metáfora del más tenebroso de los sentimientos. Los abogados también deben ser hombres cuando justifican la locura aleatoria de su cliente. Y la familia mirando a otro lado porque los trapos sucios se lavan en casa. No sé si la sangre se limpia con más sangre, pero a golpes no creo que se lave nada. Ni la hombría ni el orgullo, ni los celos ni la paternidad, ni la tutoría ni la mentira, ni el engaño ni ninguna de esas fechorías que cometen los hombres cuando nadie los mira. Al paso que voy, tengo ganas de pegarle una hostia a ese espejo que me mira y darle una patada a este escrito que no sé cómo termina. Y sin embargo, he de contenerme, he de contenerme, y pensar que nadie en su sano juicio debería tomarse en serio sus paranoias como no se debería consentir la violencia que conlleva ser un pobre diablo o un idiota de cuidado porque le da la gana.

Anuncios