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En esta ciudad el deseo permanece oculto
como las ventanas de la luz
se deslizan por tu vestido
para cuando alguno te los quite.

Esta ciudad guarda en la palma de su mano
los postigos de tu deseo descarnado
sin prisa. Suspendida en la nada
es como un perro de presa

que aparece y desaparece sin dejar rastro.
Cerrada a unos, abierta a otros, una fruta
sin demora. Y parece que es incendio
lo que en verdad nos rodea.

Del libro, Siempre conté diez y nunca apareciste

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