Luke, nº 134, diciembre 2011. Reseña de El gato negro del amor, por Ángela Mallen: “Del forjador de la luz fría al acariaciador de gatos callejeros”.

Qué duda cabe, Kepa Murua es un poeta de trayectoria extensa y, no obstante, coherente, rigurosa y minuciosa; como lo sería la de un explorador o un rastreador. Poeta de larga distancia, de muchos kilómetros recorridos. Muchos K de Kepa y M de Murua, pero su poesía parece que sigue en forma, sondeando con escrúpulo los territorios del hombre, como un explorador del pensamiento, un rastreador de interior.

Murua nos entrega una obra construida a imagen y semejanza del camino y de su caminante. Se diría que según una gestión eficaz de tiempos consensuados. Poemarios que se descubren como itinerarios y poemas que nos hablan de un hombre confiado a la memoria, defensor de las cosas sencillas, respetuosamente recatado con las grandes cosas: el amor, la vida, la muerte.

Ya son muchos libros. Once, si no me descuento. Destacaría en mi lectura Las manos en alto, por el tratamiento del dolor, por su denuncia. No es nada, por su lirismo seco. Cantos del dios oscuro, porque me impresionó su fórmula minimalista y ascética, como una forja de todo aquello que se interioriza.

En la poesía de Kepa Murua se escucha al pensamiento susurrar como en una plegaria. Como si los versos fueran el lenguaje de un asceta. Quizá haya algo de monje en el poeta: su estoicismo, su austeridad, la mística de las ideas…

“Allá, en el lugar / del rugido, del viento / por un dios nuevo. / Cuánta azul distancia”…

Cito de este poemario, Los Cantos a un dios oscuro, porque desde él creo que parte un vector que entrelaza, de un modo cada vez más equitativo, el binomio pensamiento y emoción en la escritura de Kepa Murua. A partir de “Los Cantos”, y siguiendo con No es nada, se escucha al pensamiento susurrándole al mundo y también el sentimiento del hombre solo frente a sí mismo. En El gato negro del amor, la emoción cobra protagonismo: desde el abatimiento a la nostalgia, desde el miedo al desafío… Lo diminuto, lo cotidiano, lo íntimo. Todo cuando emociona. Y, como leiv motiv, el desamor entendido como un luto felino: (…) felinos / que parecen pumas diminutos / o pequeños tigres domésticos. Todo el libro aparece envuelto en ese espíritu: amor-cómplice-cotidiano, que se extraña. El extrañamiento, la extrañeza, el pensamiento siempre rastreando: (…) ¿Quién es esa mujer / que yace desnuda a mis pies? / Y ¿quién soy yo que estoy vestido / sólo con una camisa blanca? (…) Y, siempre, la introspección: (…) Yo, un pobre hombre / mitad hambre y mitad sueño (…)

El gato negro del amor está escrito entre la trascendencia y la intimidad; sin retórica, con el lirismo de una música de piano; como una epístola dirigida a sí mismo y, algunas veces, en voz baja, a una segunda persona. Una escritura, más que calmada, contenida. Un contenido, más que confesional, confidencial. Una declaración, más que de amor, tras el amor, tras el desamor, al otro lado: en la añoranza del amor. Yo diría que es el libro de un hombre que ha aprendido muchas cosas.

Kepa Murua se ha enfrentado al gato ronroneante, enigmático y caprichoso del amor. Lo ha hecho como quien lo acaricia en su regazo, lo alimenta, lo observa, lo contempla con ternura. Se deja arañar por él. Fue su amo (relativo) y ahora lo deja partir, como a gato callejero.

Todo poeta tiene sus claves para la escritura. Todo lector debe encontrar las claves para la lectura. Para leer la poesía de Murua hay que buscar el acceso y un ritmo lento, paciente. Pero, cueste lo que cueste, siempre merece la pena ese interior al que accedes. Es un interior a cielo abierto, algo como un observatorio. Siempre el estoicismo, la sobriedad y el esfuerzo. Siempre la reflexión de un hombre solo bajo las estrellas. Siempre la mirada de unos ojos aparentemente fríos. Sólo aparentemente fríos, susurrando su rezo, buscando esa luz de color azul metálico que reposa en las palabras.

Para terminar, insistiría en que los itinerarios poéticos de Kepa Murua (sus dos líneas troncales: pensamiento y emoción) se yuxtaponen en ésta su última entrega, de tal modo que el forjador de la luz fría y el acariaciador de gatos callejeros se vuelven un solo hombre

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