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En aquel lugar no se guisaba comida ni había sitio para cocineros con sus chistes de medio pelo. En sus salas, los protagonistas se movían con un sigilo extremo, como si fueran vigilados por un chef secreto. Allí no se hablaba de manjares suculentos, con ingredientes guardados durante años, sino que los secretos se pasaban de boca en boca, sin tiempo a saborear lo que se probaba en el intercambio. Los recados disimulaban lo que se traían entre manos. Los hornillos se sustituían por eléctricas disquisiciones sobre el ser; los potajes y legumbres por vasos de agua que refrescaban el gaznate, después de una disertación metafísica sobre el gobierno de la nada. La única cocina conocida era la llamada de boca: aquella que se hace en nombre de otro, casi siempre más importante que uno, pero que, hasta que se sienta a la mesa, no se sabe quién es. Pero prevalecía la cocina de campaña: una especie de mueble portátil que arrastran los mensajeros en las batallas. La cocina económica por su parte tenía sus valedores en los que defendían el futuro, sin cortapisas ni enredos de por medio. Y los defensores de la cocina actual reivindicaban el fluido que genera la unión del resto de los cocineros más tradicionales. No era una cuestión de separarse en modernos o antiguos, en gustos y elaboraciones artesanas frente a nuevas maneras culinarias de entender la mesa. No se trataba de calentar fogones para no cocinar nada. De asar la parrilla sin ningún ingrediente encima. De cortar la corriente para perder la comida elaborada hasta la fecha. En esa cocina se elaboraban menús que los ciudadanos saborearían algún día. Una dieta que se convertiría en mágica. Las viandas eran lo de menos; lo importante era mezclar cosas propias con otras ajenas para distinguir a quien anda declarando una tregua entre los distintos profesionales del ramo. Una empresa de este calibre necesitaba de todas las colaboraciones posibles. Los jefes, ahora empresarios, con su dinero. Los carniceros, con el olor de la sangre a cuestas, como embajadores de los proveedores del gremio. Los camareros, educados y elegantes, con sus bandejas atiborradas de copas con líquidos de esperanza. Y los clientes, como periodistas agazapados tras la sombra de su presa, por los alrededores de aquella sala donde se gestaba el futuro de un país, mientras por los pasillos se ensalzaba la figura del cocinero inmaculado a todas horas. En aquel país los cocineros eran intocables; la comida, una religión; la cocina, el lugar de los dioses. En aquella cocina pasaba algo raro. No se hacía comida con nuevos ingredientes ni se elaboraban viejos platos. Se discutía sobre el tipo de restaurante que se abriría si predominaba el menú del futuro: una especie de comida biótica que nos llevaría a un nuevo régimen ideológico para que creciéramos felices y más guapos.

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