Etiquetas

,

Luke, nº 133, noviembre 2011.

El gato negro del amor es un libro íntimo. Hoy puedo sonreír al verlo, pero cómo escoció al escribirlo, pues son poemas que responden a una separación donde se plasman los juegos del amor o del desamor, el encuentro y el desencuentro entre las personas, la tristeza o la vaga esperanza de los amantes. No obstante, para que no fuera totalmente biográfico escribí un cuento poético con gatos, un juego sentimental con sus maneras de comportarse, como una realidad paralela en clara alusión a nuestras necesidades y anhelos.

El gato negro del amor contiene poemas muy personales que cambian el registro de mi escritura para volcarse en la confesión personal. Es un libro con poemas sentidos, pero si cuando los escribí, sufrí en la escritura, también sufrí en el corazón. Menos mal que mis gritos y preocupaciones no se escucharon más que dentro de las cuatro paredes de mi despacho y detrás de los frágiles tabiques de mi casa. Entre medio, en la corrección última del libro, especialmente en la lectura en voz alta de los poemas, he gozado por lo que he sido capaz de escribir y he saltado de alegría, como un niño, ante la sorpresa de una confesión o ante el dibujo logrado de un paisaje descriptivo y, como un hombre sin complejos, he sido consciente de cómo mi vida cerraba sus círculos con una naturalidad pasmosa.

Puede que nadie entienda esta confesión. Sin embargo, ahora que soy capaz de echar la vista atrás, me río de un Kepa Murua tan serio y al que le preocupaba todo de una manera exagerada. Está bien tener cierta sensibilidad, pero, de la misma manera que no hay que dejar de sorprenderse por lo que se hace, se siente o se escribe, uno no puede ser el mismo ingenuo de siempre, a todas las horas del día y delante de todo el mundo. Podría rematar este apunte diciendo que todo estaba escrito para que así fuera. Podría, además, colocar las razones que envuelven a este tipo de confesiones o análisis –apenas me costaría un segundo–, pero no quiero parecer pretencioso, aunque es así como lo creo. Toda una vida pensando en los libros que voy a escribir en un tiempo futuro y ahora que echo un vistazo atrás, que me paro como nunca antes, veo que todo estaba ahí hasta que pudiera dar forma a mi vida y a la de la gente que me rodea. El presente está para vivirlo, no hay más remedio.

Es un libro de amor, autobiográfico, que comenzó a escribirse en Londres, en 2005, y que, tras su paso por Toronto y Nueva York, fue acabado en Vitoria en 2006. Hay un cambio de voz con respecto a mi obra anterior. Creo que aún existe un eco que desvela la escritura íntima que se vislumbra en No es nada, pero, más allá de la referencia filosófica de este poemario, la voz poética de El gato negro del amor se fija en las embestidas del corazón, “a pelo”, como suele decirse. No obstante, para que la pendiente del desamor no me llevara a la tristeza absoluta y arrastrara a los lectores al desconcierto, y como equilibrio, coloco el amor de mis padres, su concepción del amor, por lo menos su duración. Lo diré de nuevo: para contraponer el dolor del amor, para que el libro no fuera una caída sin frenos al abismo, coloco, como una parte sustancial de mi biografía, el matrimonio duro y eficaz, tierno y amoroso, a su vez, de los padres, que si bien no nos enseñaron a amar, nos mostraron en cambio su cariño.

También he adoptado otros riesgos. En algunos poemas, especialmente en aquellos que habla la amada, por ejemplo, he buscado una voz ingenua y clara, un tanto naif, para sentir la pureza de ese amor o ese deseo trastocado en el mundo de los sentimientos más comunes: el de los celos o la vergüenza, el de la duda o el enfado, el del rechazo o la indiferencia. En otras palabras, el de las tonterías que hacen los amantes. Y he optado por esa voz natural porque no me servían los registros a los que, por lo general, recurre la literatura en estos casos, como los de la locura o el vacío dolientes. Aquí no hay nada de eso, pues aunque se hable de lo que se hable, hay mucho color y, a veces, todo parece una fiesta, un tanto especial, de los sentidos y del cuerpo.

La idea de plasmar el amor bajo la influencia del mundo animal, de los gatos, aunque acertada, no es nueva. No tiene mucho mérito, pero he de reconocer que era cuestión de fijarse y dejarse llevar. Y sin embargo, mi fijación por los gatos –podría decir “por las gatas” perfectamente– fue tan intensa que mientras paseaba observaba los detalles de la vida animal en la ciudad. Los parques, las vías del tren y las calles de los centros urbanos son su refugio. Me pasó en Toronto, donde un gato vivía oculto a los ojos de la gente en el pequeño jardín de la urbanización. Me pasó en Nueva York: estaba solo, abrí el cuaderno y una gata se cruzó en mi camino para que pudiera escribir “El gato desde las alturas”. El poema que da título al libro lo escribí en Carshalton (Londres), en una casa donde un gatazo negro saltaba la valla y me miraba fijamente todas las mañanas cuando a primera hora me acercaba a la ventana de la habitación para mirar qué tiempo hacía. Fue allí cuando comencé a escribir estos poemas autobiográficos en un cuaderno amarillo. Entonces, no sabía lo que me esperaba, pero me he emocionado al leer el libro.

Kepa Murua, 26 de octubre de 2011

+ info

Anuncios