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A todos nos molesta perder algo o a alguien. Es evidente que nos molesta porque nunca nos acostumbramos a ello. De niños nos transmiten la idea de que hay que aprender a perder porque casi nunca se gana. En la escuela por ejemplo, con el deporte, se inculca que lo importante es participar ante todo. Y cuando se es joven, uno aprende rápido cómo la mayoría de las veces se pierde si se apuesta contra las leyes de la vida. Es una constante inevitable porque en esa variable radica uno de los fenómenos más importantes de la realidad cotidiana si queremos sobrevivir junto a los otros. Cualquiera de nosotros puede poner los ejemplos de su biografía: la vez que perdió a las cartas; cuando perdió a su novia que se fue con su mejor amigo; aquel día que se perdió en la ciudad; aquella nefasta jornada que le robaron; cuando perdió la cartera o las llaves; cuando fue la dignidad que le quedaba porque perdió su trabajo; cuando fueron los dientes por hacerse el macho con tanto alcohol hasta las cejas o aquella última que le hicieron perder el tiempo. De esta manera, viviendo eternamente en el perder, uno aprende a gozar de las pocas veces que irrumpe el milagro y ganamos algo que merezca la pena: un amigo, un poco de dinero, un regalo de quien no se esperaba; algo que quizá a los ojos de los otros carezca de relevancia, pero que tan importante es para uno. Una especia de ley inevitable que se basa en el respeto por las reglas del juego en una ruleta que la política, por su parte, no sabe asumir porque, a menudo, sus jugadores están por encima del bien y del mal que examina al resto de los ciudadanos. Con el poder – ya se sabe–, no se puede perder nada. Y sin embargo, como este código vital no es igual para todos, pese a que se gane o se pierda, siempre habrá alguno que no lo acepte como que unos gobiernen a su manera es de lo que muchos se desesperan y a pocos les avergüenza. La casa, que es el país e incluso la nación que rige el gobierno, no es propiedad exclusiva de nadie: ni de los que están acostumbrados a ganar casi siempre ni de los que criticaban hace días una manera de barrer con descaro para dentro. El tiempo lo asume de mejor modo: para saber ganar hay que estar acostumbrado a perder. Y la historia lo resume con otros matices: para perder hay que convencerse de que la próxima vez se puede vencer. Cuestión de sabiduría y de elegancia. No sirven las excusas como que la sociedad es inmadura. No los pretextos como que jugábamos fuera de casa y el árbitro era un vendido. Para vendidos nosotros, los que siempre perdemos, ganen unos o pierdan otros. Y eso que nunca perdemos la sonrisa.

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