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La ambigüedad es nefasta para la poesía. La ambigüedad es un arma de doble filo en la vida y en el amor. Cuando pretendemos ocuparlo todo, tenerlo todo, alcanzarlo todo, es cuando en verdad nos quedamos con nada. Es como intentar cargar con un peso excesivo y notar de repente las manos vacías, o quizás peor, sentirnos en verdad solos. La ambigüedad en poesía es un primer rodeo, una primera fase cuando todavía las palabras te dominan con su poder y su música. Si de verdad alguien necesita expresarse, la música sigue ahí, pero los acordes los marca cierta incertidumbre que concierne al significado último de las palabras. La metáfora es además el tono, la magia, pero si no es precisa y acertada distorsionará el grito verdadero. Y ahí no hay ninguna lección ni moral, tan sólo una necesidad: quiero decir esto y lo digo, pienso esto y lo afirmo con todas sus consecuencias. Digamos que la ambigüedad en poesía puede ser calculada y fría, falsa como el brillo fatuo de una mala metáfora. Pero la ambigüedad, por mucha que sea la experiencia que tenga el poeta, no le sirve en el momento en que se ha quedado solo, no le va al poeta que lo ha perdido todo y debe comenzar de nuevo. Y quizás sea ese el momento preciso para reconocerse en la realidad de los otros: comenzar de cero, como un analfabeto que comienza a definir su propio alfabeto, como un hombre solo y derrotado en busca de la felicidad, como un divorciado en busca de un nuevo amor, como un parado en busca de trabajo, como un político desorientado tras el desgaste de las palabras ante los hechos. Volver a la confusión de antaño nos precipitaría al abismo, sería no tenerlo claro y tropezar con la misma piedra.

Del libro, La poesía si es que existe

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