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A la sombra de un árbol solitario, como es el de la literatura, el paisaje de la escritura no se puede desligar del recuerdo, de la queja, del amor, de la verdad, del paso del tiempo. Pero la vida de la literatura se confunde con las razones de su oficio, con su misma fragilidad. Una cosa es escribir y otra, bien diferente, es el mundo del libro que sobrevive a la sombra de un árbol que defiende su agonía, su vida y su poesía, sin saber cómo se sostendrá. La poesía, que siempre fue la vida de unos y la desazón de todos, el árbol solitario que tarde o temprano cae ante los necesitados. El naufragio esclarecedor de una sombra que nos arrastra a lo que es distinto y nada cambia. Pero que, con las palabras y las emociones, como toda obra bien escrita, crece con sabiduría ante los ojos asombrados de los lectores.

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