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Me sorprende tanta biblioteca con idénticos libros. Si una casa con una biblioteca es todavía una rareza cultural en nuestro país, la excepción es la biblioteca personal que se distancia de las amontonadas sin criterio. Pasar una tarde en una habitación con libros es una de las mejores maneras de perder el tiempo que conozco, pero últimamente me aburre constatar el mismo perfil de biblioteca para distintas clases de lectores y me sorprende la exagerada proliferación de escritores que apenas aportan algo a la literatura. Para esta realidad no encuentro más razón que el desconcierto del lector ante la avalancha de títulos publicados y la confusión generalizada de los mismos escritores que sobreviven a duras penas en el mercado del libro. Mas no pretendo parecer un lector al margen de todo, ni uno tan elitista como para creer en una única razón que explique lo que observo. Sin embargo, ante una biblioteca sé si su propietario es el lector que compra lo que le echen o si es alguien que sabe lo que lee. No obstante, tal como se reconoce la ingenuidad en la mirada de cualquiera que se para ante una estantería repleta, la vida de los libros te depara alguna que otra sorpresa: bibliotecas con premios literarios que muestran a un lector hipnotizado por la publicidad; bibliotecas que desconocen la existencia de autores con menor presencia, pero con cierta envergadura literaria; bibliotecas que apilan libros de editoriales reconocibles en su lomo, títulos mediáticos y biografías del momento, con una aparente preocupación por lo que rodea al individuo; bibliotecas que acumulan libros en el olvido porque no se leen; bibliotecas que retratan a un lector desorientado que ordena los libros según los clichés que prevalecen en los medios culturales. Su único interés coincide en que repiten el modelo de biblioteca personal que pretende más de lo que es. Sin ánimo de molestar a nadie puedo asegurar que esos libros pueden ser sustituidos por otros. Que lo que les señala como portadores de un gusto exquisito les traiciona en la medida en que esta historia se reproduce a menudo. Ante la insistencia de los mismos títulos en las bibliotecas que presumen de cultas, me sorprendo susurrando alguna incongruencia en mi interior para que no me pregunten por alguno. Si me ofrecieran uno, me sentiría perdido. ¿Qué hago yo luego? ¿Regalárselo a otro ingenuo? ¿Vender como libro de calidad lo que es libro anodino? Frente a tanto lector clónico llega un momento en que no se puede mantener la boca cerrada. Los nombres que suenan en la actualidad podrían ser sustituidos por otros a los que apenas se conoce. Pero, yo no pretendía hablar de los autores, sino de los libros. Artefactos decorativos que nos delatan sin remedio. Títulos que venden lo que somos luego.

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