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Recuerdo a un joven entre libros, leyendo textos y mirando imágenes de la historia del arte cuando estudiaba en la universidad. La mayoría de aquellos libros eran de obligada lectura, pero no por ello dejaba de disfrutar con las fotografías y dibujos que la historia del arte mostraba para explicar la historia del hombre, de la religión, de la filosofía, del mundo en realidad.

Recuerdo a ese joven apartando, por momentos, los libros de estudio y leyendo a poetas y autores que le arrastaron a entender la modernidad. Veo a ese joven intuyendo que el mundo del arte y de la literatura no eran compartimentos estancos ni ámbitos cerrados.

Recuerdo al mismo joven disfrutando con las revistas literarias de primeros del siglo XX, encontrando poemas de Lorca o de Cernuda con imágenes de Picasso o de Juan Gris. Entonces estas cosas no tenían la importancia que se les da ahora, pero recuerdo a ese joven inmerso en una realidad donde el arte y los artistas, la literatura y los escritores, iban de la mano.

Y recuerdo a ese joven aprendiendo de todos, de artistas y de escritores, de pintores y de poetas, pero también de impresores y de editores. Había libros de todo tipo, libros pequeños con un par de ilustraciones, de gran formato, ediciones cuidadas, facsímiles y otras rarezas de lujo. Era un mundo apasionante más allá del objerto en sí o el interés por los libros.

Y recuerdo la alegría de compaginar diferentes experiencias. La de lector, la de escritor y la de editor. Recuerdo con nitidez cuando hace muchos años publiqué por primera vez un par de libros de poemas con dibujos de artista. Es el recuerdo ante el sueño que no sabemos cómo acaba. La memoria que el arte nos dice que es compartida. 

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