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Después de una discusión demencial con un escritor afamado he decidido que aparte de salvar al mundo de la literatura intrascendente, nunca más voy a tener amigos de estos que te plagian a la primera oportunidad, sin mencionar el origen ni la firma del autor de los textos. He pensado en buscar, por tanto, un amigo sincero que nunca me falle y se dedique entre otras cosas a la política de la vida con mayúsculas. Mi amigo puede tener gafas y ser calvo, puede tener los años que quiera, puede ser lo que quiera, con tal de que sea honesto y no me venda a la primera. Entre los dos firmaríamos, por lo menos, un manifiesto de diez puntos que reinventaría el arte de la política diaria y la escritura literaria. Todo en uno, para que la gente intelectual no se pierda y los demás nos entiendan a la primera. He pensado en incluir a una chica en el grupo, pero no para quedar bien con el personal, sino porque quiero dar vida al triángulo amistoso con una voz femenina de verdad. Ya era hora de que las mujeres salieran a decir tantas sandeces, sin pensar en nada, tal como hacemos los hombres. Quiero constatar que las mujeres aún no han descubierto el mundo oculto de los hombres, pero para el caso en cuestión, mi amigo, el político, mi amiga, la política del alma, y yo, pasaríamos tardes diciendo tonterías, conociéndonos, riendo y quejándonos de la vida hasta dar con la esencia de la escritura en común. Un documento que alentara al resto de los ciudadanos hacia la amistad sería el punto de partida de nuestra reivindicación sincera. El primer punto del manifiesto, el que podría ser a todas luces el más discutido, nos convencerá de la bondad de no haber nacido en ningún lugar. El segundo, el que nos hablará del ser, nos dirá que es preferible no ser de nadie. El tercero, podría incidir en la no pertenencia a un grupo, por si acaso. El cuarto, el que trata de la verdad por encima de todas las cosas, nos llevará a no creer en lo que se nos dice, tal como tampoco creemos en lo que decimos. El quinto, éste es inamovible, no matarás. El sexto, el que nos recuerda lo que somos, se referirá a no desear lo que pretende el vecino. El séptimo, pase lo que pase, no mezclar la política con el arte. El octavo, no trabajar más de la cuenta. El noveno, no pensar a todas horas en el dinero. Y el décimo, ser amigos de todos, pese a todo. Con este planteamiento, austero y ambicioso a la par, estoy convencido de que podríamos jurar este decálogo de buenas intenciones como si nos fuera la vida en ello. Si somos capaces de convivir con las tonterías que decimos cuando pretendemos hablar en serio habrá merecido la pena.

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