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Mi amiga, V., que me quiere bien, quiere hacer de mí un hombre de provecho y convertirme de repente, con un par de clases sobre civismo a pie de calle, en un ciudadano de toda la vida, capaz de volverse loco con las fiestas de la ciudad.

Como los milagros no se hacen de la noche a la mañana, me recomienda que vaya pensando en el atuendo festivo que me pondré para salir a la calle, a bailar, a gritar y a ligar con la primera que se ponga a tiro.

Me ofrezco a salir con un gorro y una camiseta con el anagrama del ayuntamiento, pero ella me indica que vaya poniéndome el de Grúas Pepe. También me dice que olvide mis calzoncillos tanga y me compre unos de lunares hasta las rodillas, así como un pañuelo rojo y unos pantalones de franela azul.

De esa guisa, ataviado como un auténtico pendón, para entrar en calor nos vamos a las barracas. Allí, después de fallar el tiro en las casetas pares y sentir el vértigo de ver cómo mi bolsillo se vaciaba en las impares, me entra un sofoco inexplicable cuando mi corazón salta de mi cuerpo al descender a la velocidad del sonido por un deslizamiento increíble. ¡Qué diablos era eso que nos lleva a gritar al unísono a todos!

Para evitar un bajón de moral repentino, V. coloca un farias en mis labios, un vaso de un brebaje con algo de cola en mis manos y me sube a la noria para ver la ciudad con otros ojos. Es lo que pasa en fiestas, que todo se ve de otra manera, por lo que, después de mil giros por mi nueva cabeza festiva, vuelvo con V. al epicentro de la ciudad en un pasacalle imaginario donde todo el mundo se ha vuelto loco y algunos compiten por el título del más gracioso.

Luego, todo es un discurrir de bar en bar, de copa en copa, de baile en baile, de charanga en charanga. No sé cómo V. puede conocer a tanta gente y aguantar la marcha que llevan, pues yo paso de lo mejor a lo peor en un segundo y apenas le puedo seguir el ritmo. Pero, como un milagro inacabado, después de un par de pájaras inesperadas, supero el bache y me veo botando y saltando a su lado como un ciudadano feliz.

Mi amiga V., que me quiere bien, aprovecha el jolgorio para, de vez en cuando, darme una colleja y despabilarme con el fin de calentarme para la prueba final: la del enamoramiento repentino de una chica a la que debo presentarme, no con las palabras de un poeta débil, sino con la fuerza bruta del ingenio festivo y combativo de un hombre de pelo en pecho.

Me da igual, soy otro y me divierto de lo lindo. Cuando veo a una de mi tamaño, le grito: “Ieeeep, ¿estudias o trabajas, reina de mi corasssssóóoooón?” Pero la miss de marras se gira y dice sonriente: “Halo, was is losssss?” Y de repente, borracho como un ciudadano que no entiende ni su propia lengua, me siento enamorado hasta las cachas. Pero ahí está V. para sacarme del entuerto y decirme que no sea tonto y repetirme, de paso, que las fiestas ya no son lo que eran.

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