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Sabiendo que el fin de semana me aislaría entre libros, V., que me quiere bien, me invitó a un picnic con su familia, un grupo unido por sus costumbres y un curioso humor donde lo que parece en principio no lo es al final.

En el fondo, creo que sin saberlo tienen alma de anarquistas, pero este relato de verano no pretende ser político, sino campestre, porque nos fuimos al pantano para tumbarnos a la bartola, a que nos diera el sol y comer tortilla de patatas y beber vino y pacharán, antes de caer rendidos ante las expectativas de una buena siesta.

Las peleas de los niños, las risas de los padres, las discusiones entre cuñados, el tío todavía soltero, sin una novia a la vista, y la abuela, muy moderna con su biquini fluorescente, se confundían con gritos y saludos de gente con camisetas del Barca, bermudas floreadas, chanclas de colores y sombreros estrafalarios.

No, no era el circo, éramos una familia unida y moderna, con coche aparcado a un metro del campamento base, perro vigía, partida de mus, sillas plegables, tiendas de campaña para la sombra, y plástico, mucho plástico, por si alguno de nosotros se lanzara, sin más, a darse un chapuzón en las aguas del pantano.

Fue un buen día. La inevitable discusión sobre política se zanjó con un “aquí hemos venido a disfrutar”. El roce entre cuñados con un “ya está bien”. Las mujeres se reían de los bañadores de los hombres: “vaya descaro, total para lo que hay” decían. La discusión por la música se zanjó con una selección de O.T., que al principio confundí con las siglas de un partido político, impuesta por la niña que se sabía las canciones de memoria.

Sé que la madre de V. me miraba como si yo fuera un chico alejado de la realidad, sin los pies en el suelo: “pero en el fondo parece bueno”, dijo. Los cuñados no entendían que no fuera hincha de un equipo de fútbol, y me convencieron para hacerme socio, precisamente este año, del único que tiene la ciudad. “¡Qué es eso de no tener un pretexto para escaquearse y vivir el domingo a lo grande!”, me dijeron.

Por fin una familia que me quiere por lo que soy. Un tipo que escucha y que se conforma con poco. Para la bulla y la fiesta, mi nueva familia. Maravilloso día donde pude apreciar el auténtico paisaje del pantano. No me fijé en sus pájaros y árboles, bastante tenía con seguir el ritmo atropellado de una vida intensa donde cada uno era como le daba la gana.

Nada, soy otro. Espero que V. me quiera también con esta nueva faceta familiar a mis espaldas. Impaciente aguardo sus llamadas, especialmente las que me lleven por los pantanos de este mundo. Le he jurado que, si lo hace, aprendo a nadar y dejo de hacer el ganso con ese flotador amarillo de pato y esas gafas azules que me pongo para refrescarme con los niños un rato. “A tu edad, cómo se te ocurre”, me dice.

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