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El artista revive en el significado de los espacios intermedios como si fueran palabras en torno a la figura acabada y siente que esos bocetos responden a una eterna debilidad que se transforma en diferentes momentos, hasta que lo que era nada termina en algo.

El tiempo se detiene en el instante de la fotografía, ese periodo donde la escultura cobra vida, ese espacio del pintor que dibuja trazos sin un aparente significado, por una necesidad de mostrar lo que se siente verdadero. Algo que no era y termina en todo, pese a las trampas del arte y las dudas del artista.

La trastienda del escultor, el taller del fotógrafo, la llamada biblioteca del pintor, no son esos libros que se leen entonces como si fueran una biografía, sino los signos que cubren el camino artístico hasta llegar a un objeto en el que el espectador descubre su valor secreto.

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