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Si la creación tiene una recompensa en el deleite del espectador, el artista muestra la hondura de su trabajo en una aparente superficie. La intranquilidad que transita ante la inquietud del objeto se convierte en relajación ante la obra acabada. Los temores que le atenazaban al emprender un viaje estético se olvidan con el reconocimiento del arte.

El artista olvida lo que sabe en la libertad de un lenguaje indescifrable cuando la creación se convierte en arte. Sueños más que improbables del hombre que se convierte en artista al indagar en el porqué y el cómo de una andadura interminable donde se reconoce lo que no se sabe.

Pero cuando se sabe, el espectador aventajado descubre los entresijos del arte. El arte aguarda el asombro del espectador al interpretar tantos pasos sin luz en un mundo que oculta los intervalos del tiempo, porque en la espera, el que esconde lo que sabe, parece que no sabe.

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