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El artista busca su identidad en el arte, pero el arte se rebela ante él, definiendo su propio espacio al margen de las miradas del espectador. El espectador mira el objeto acabado, asume su valor, pero desconoce la realidad de una trastienda creativa que alcanza su plenitud con el artista ensimismado en su trabajo.

El proceso creativo es crucial. El artista busca sus respuestas en un mundo de improbabilidades desconcertantes, donde si el azar y la intuición tienen sus propios códigos de conducta, la obra cobra vida por sí sola, pese a que las manos del artista la idearon de una manera determinada.

El espectador asiste al final, cuando el artista oculta los secretos de su proceso creativo. El pintor no quiere que se vean sus mezclas, ni los contornos de sus modelos; el fotógrafo apenas descubre el instante feliz del hallazgo, esa luz única; y el escultor no tiene tiempo de hablar de sus materiales ni del ejercicio de su composición.

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